Descubrí a Juan Muñoz en la retrospectiva que le dedicó Tate Modern. No recuerdo bien la fecha porque voy a Londres con bastante frecuencia y los recuerdos de lo vivido comienzan a mezclarse entre sí y, a su vez, con la imaginación y con la invención, que son quizá la mayor fuente de memoria. A esto súmenle muchas pintas de cerveza y un despiste endémico y naden conmigo en la bruma de confusión, aunque a un tío de Valladolid, las nieblas de Londres le resulten una cosa pueril, de aficionado, como de primero de nieblas. En definitiva, que me ha tocado mirarlo y, aunque habría jurado que era verano, aquello debió suceder en la primavera de 2008. Se ve que, en ocasiones, la primavera trasciende lo meteorológico y se convierte en un estado de ánimo, por eso los poetas la aman, supongo, por el despertar tras el silencio, por el renacimiento tras la hibernación, por el espectáculo de ver a la vida dando un golpe de estado y reclamando, de nuevo, su lugar entre tanta parálisis. La primavera es la expectativa de lo bueno, es la forma que toma a veces la esperanza, aunque luego llegue siempre el verano a joderlo todo, así en lo metafórico como en lo estrictamente sensorial. Pero todo esto es si eres Bécquer y estás en Sevilla, claro. No era el caso: el Támesis no es el Guadalquivir y su ribera tampoco es la del Duero. Es cierto que, por entonces, yo todavía no era todavía yo, pero la Tate ya era la Tate, así que allí entramos, sin saber que ese día se me abrirían para siempre las puertas del arte, algo que jamás podré perdonar a mi acompañante, por cierto. Porque de aquí no se sale. O, al menos, no se sale vivo.

Me topé así con la exposición de Juan Muñoz en la sala de las turbinas, con una escultura que mostraba una grada de chinos señalándome con el dedo, comentando algo entre ellos y riéndose de mi, como si, por arte de magia, ellos fueran los espectadores y yo la obra de arte incomprendida. El madrileño había muerto apenas siete años antes sin llegar a cumplir los cincuenta y, sobre todo, sin que muchos nos enteráramos de que había vivido y que, además, lo había iluminado todo con su obra, con esa escultura teatral, en ocasiones barroca y en ocasiones surrealista que destrozó las formas narrativas para llevarlo, en realidad, a lo de siempre, a Velázquez, a Borromini, a Serra, a los Guerreros de Terracota y, resumiendo, a lo que le diera la real gana. Pues bien, Muñoz llega este fin de semana a el Museo Patio Herreriano de Valladolid en lo que, sin duda, es una de las citas más importantes del curso en toda España. Y no exagero. Tenía apuntada la fecha de la inauguración para escribir sobre la exposición después de haberla visto, pero no puedo, estoy tan nervioso como un niño la noche de Reyes y no llego al sábado. Estamos ante un acontecimiento extraordinario para Valladolid, que, por cierto, queda al lado de Chamartín. Apúntenlo, hagan hueco y oblíguense a verlo porque es como si llegara Bruce Springsteen, Tarantino, Banksy o Houellebecq. Muñoz fue uno de los grandes, la reflexión que su obra sugiere es extraordinaria y yo, que creía que esperarle en casa era igual de productivo que esperar a Godot en escena, voy a poner una vela a la Virgen de Angustias por atender mis plegarias porque, encima, es otoño y llueve. Súmenle un lechazo y ya puedo hacer mío aquello de «no puede haber nadie en este mundo tan feliz». Ni si quiera tú, Víctor Manuel.

(Este texto se publicó originalmente en ABC el 16 de septiembre de 2021 con el nombre de ‘La escultura teatral del Juan Muñoz llega al Patio Herreriano. Disponible haciendo clic aquí).