En estas tardes de otoño se echa aún más de menos al Herminio’s, si es que eso fuera posible. Un otoño ya no es un otoño sin esas escaleras que te unían contigo mismo y que se bajaban despacio, premeditadamente lentas, inevitablemente pesadas y que convertían tus pasos en los de un torero en el patio de cuadrillas, dispuesto a jugarse la vida entera a cambio de crear un segundo de belleza. 

No es lo mismo ya este septiembre sin esa oscuridad como de caverna de Platón que hacía redundantes los cambios de hora, porque en el Herminio’s siempre era otoño y siempre era mañana por la noche, o ayer por la tarde, qué sé yo, dependía de la decepción que marcara el rumbo mientras nosotros llevábamos el ritmo con los pies y los latidos. Sonaba Chet Baker o Billie Holiday o Miles Davis, Pero fundamentalmente sonaba Roberto, la sonrisa parcial, la presencia anacrónica, esas gafas que lo sabían todo y que llenaban el ambiente de las llamas invisibles que salen de los mecheros. Pero sin mecheros. Roberto sonreía casi siempre. Tenía mala leche, sí, pero la culpa no era suya, era de quien osaba perturbar la paz y la elegancia que él había soñado para nosotros con peticiones basura, con comentarios vulgares, con presencias que no cuadraban con su manera de entender el arte, de entender la vida y, sobre todo, de entendernos a nosotros. Él tenía un plan para cada uno y te obligaba a comportarte como tal. Te quería como eras, pero te trataba como sabía que podías llegar a ser. Y eso es mucha presión, porque conmigo se pasó. Siempre me vio como un escritor genial e importante, lo cual tiene mucho mérito porque por entonces yo aún apenas escribía. Si escribo es, por lo tanto, porque él me imaginaba como escritor mucho antes de que lo fuera, él me hacía sentir importante, diferente, especial. Me hacía sentir artista y se me pegó el jazz. Y no me quedaron más narices, claro, que cumplir su voluntad. Siempre fue extraordinariamente amable. Diría más: nunca nadie me ha vuelto a tratar así y no entiendo cómo pudo hacerlo sin un piropo y sin un solo halago, solo con su mirada, con su silencio, con la exquisita proximidad de su lejanía. 

Desde que falta, no he vuelto a tomar whisky. En realidad, porque no me gusta, todo hay que decirlo. Pero con él sí, con él el whisky era diferente, estaba lleno de adjetivos, de elegancia y la vida era algo cinematográfico, misterioso y personal y no esta vulgaridad retransmitida en directo en la que la hemos convertido. Cuando vendieron, su hijo Sergio me regaló la placa y la lista oficial de precios, que hoy presiden mi casa. De algún modo aún tengo todo eso cerca, lo tengo enfrente siempre, pero hoy más aún porque es septiembre y llueve y es jueves y tengo que esconderme de nuevo para poder ser yo mismo otra vez, que ya iba tocando. Pero desde que se nos fue Roberto, ya no me sé esconder de nada, como él nos enseñó, a la vista de todos, en la esquina del fondo de su barra y de la vida. De algún modo, allí seguimos y desde allí escribo hoy este obituario que le debía y para el que aún no había recogido suficiente otoño.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 23 de septiembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).