La escena no tiene desperdicio. Domina el plano un señor con barba blanca, pinta de haber sido misionero comboniano y haberlo dejado tras enamorarse de la hija del hechicero de la tribu. Bueno, de hecho, un señor con barba blanca y pinta de hechicero de la tribu, un poco bardo, trovador, gafas de progre y aspecto de fumarse los trujas de tres en tres. Tiene cara de actor secundario, a mi me suenan de algo esos aires de explorador, los aromas de profesor sindicalista y esa muy española guitarra colgada en el pecho con algunas frases escritas con típex. O quizá ha mangado el rotulador blanco a su sobrino el grafitero. Las frases de la guitarrita no dan lugar a la sorpresa: «Independencia», «ni olvido ni perdón», «1 de octubre», «libertad presos políticos» y «republica catalana». Un clásico de la cosa.

A su izquierda Pilar Rahola con blusa de camuflaje y mascarilla en la barbilla bailando la canción anterior o quizá la canción siguiente, dando saltitos leves, arrítmicos, saltitos de viernes por la mañana con un bolso por bandolera, dos botafumeiros en los lóbulos y una moleskine negra en la mano. Es una moleskine llena de sueños republicanos y recetas de fricandó. Ella da palmas, ella hace los coros a la vida, ella sonríe y apunta con el dedo al ex misionero con esa complicidad que da haber partido juntos la pana y el fuet. Y un posible pasado funky.

Juntos cantan ‘Bella Ciao’, esa canción de los partisanos antifascistas italianos, que es como si en una manifa de Colón se abrazaran todos cantando alguna de Ismael Serrano. «Papá, cuéntame otra vez esa historia tan bonita de chekas y comunistas». Ambos se miran y sonríen cuando, en un giro brillante y creativo, el misionero cambia la letra, improvisando un ‘catalano’ donde debía decir ‘italiano’. Son cosas de indepes, humor nacionalista al que que Pilar responde ampliando la sonrisa, como aprobando el golpe de ingenio y el twist de talento del catequista-muelle. Y sigue dando palmas asincopadas, otoñales, palmas que sueñan con golpes de estado y presidentes prófugos.

Al fondo, una serie de personas graban, acompañan las palmas con ese aroma de ‘Cantajuegos’ para adultos que se le ponen a las manifas matinales. Soy una taza, una tetera, un profuguillo, un Puigdemont. Sugiero que, cuando digan la palabra ‘Puigdemont’, todos se pongan la palma de la mano abierta en el flequillo, como homenaje al molt poco honorable, poniendo si es posible esa cara de mejillón pasadito de lexatin.

El día es feo, un cielo amarillo cutre, amarillo de independencia fracasada, como un delirio oxidado, como un folio en el que se nota la marca antigua del agua seca y la vergüenza ajena. Algunos miran para otro lado, otros al suelo, una señora baila como un péndulo y un chaval joven piensa que no sabe dónde ha dejado el coche. Comienza un nuevo día en el teatro de los sueños.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 24 de septiembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)