En época de convenciones, el político agota las reservas de vergüenza ajena que ha venido almacenando como un oso antes de hibernar. En época de campaña, el ridículo es más comedido, más discreto y menos humillante porque se dirige a un ente impersonal y blandurrio, a una abstracción caliente que emerge de un powerpoint como el magma emerge del volcán. La diferencia es que en las convenciones ni si quiera hay filtro y el político habla a los convencidos, al pesebre, al percentil más bajo de un rebaño de voluntarios, que es como un rebaño al cuadrado y una lava que, en vez de quemar, aplaude. A la sociedad la tratan con desprecio, pero a los suyos… eso ya es otro nivel. Con los tuyos no hay piedad, el desprecio se dispara y se les humilla con la legitimidad que el gregarismo otorga a la maldad. A alguno sólo le falta pedir a los asistentes que abran la boca para tirarles paladas de pienso. Y lo peor es que lo harían, abrirían el gaznate como una serpiente, con esa mirada de admiración que el masoquista regala al sádico.

Llevamos dos fines de semana de convenciones y aún falta un tercero, que va a ser duro, la traca final, el PSOE en Valencia, con Ximo, Sánchez y Zapatero, el top tres de la infamia, la Champions League de la degradación intelectual y moral, si es que ambas cosas no fueran, en realidad, la misma. Si en estos momentos votar es ya un ejercicio vejatorio, hacerlo tras asistir a las convenciones y haberlos visto con estos ojitos que se han de comer los gusanos se vuelve algo inhumano, como ser obligado a elegir el instrumento con el que te van a ejecutar. El nivel es ínfimo, las formas degradantes, la incapacidad manifiesta y ya no me cabe duda de que la culpa de todo esto es de las primarias, ese ejercicio diabólico diseñado para que siempre gane el peor, el más cafre, el capaz de decir mayor número de bobadas al mayor número de bobos. Nuestra democracia esta viciada y pervertida desde que los votantes elegimos de entre lo que previamente ha elegido una minoría sectaria y fanática, es decir, los peores, la kakistrocracia. La soberanía nacional, así, es solo una segunda ronda y, si fuéramos prácticos, nos afiliaríamos todos a un partido, un voto en las urnas de la sede tiene más influencia que en las del colegio electoral. Pedro las puso en su momento tras una mampara, en aquel intento de pucherazo cutrón y casi le tiran por la ventana de Ferraz. Esos mismos, hoy le sacarán bajo palio, y es que hay que fingir ser foca para no aceptar ser sardina. 

No hay ni una idea, ni un síntoma de inteligencia, ni un ápice de elegancia, de respeto ni de grandeza. Y lo peor, no hay un resquicio de liderazgo, que no es otra cosa que llevar la contraria a los tuyos y hacerlos entender que para que llegar al lugar al que quieren llegar es necesario tomar el camino que no quieren tomar. Lo contrario, rendirse a los grillos y sus chirridos, es ser su esclavo, no su líder. Y en ese caso, una convención no es otra cosa que un blues a los grilletes. 

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 15 de octubre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)