Llevo todo el día viendo lo de Sabina en el Instituto Cervantes y escuchando ‘Juez y Parte’, su tercer disco, de 1985. Recuerdo oírlo con mi padre en un Renault 12, en una mañana de sábado, fría y soleada como fueron todas las mañanas en los 80. Aquel día yo iba en el asiento de delante, supongo que sin cinturón de seguridad y supongo que mi padre se fumaría medio paquete de Lucky. Ahora le quitarían la custodia y le meterían a la cárcel. No por el tabaco, no por el asiento, no por el cinturón, sino, sobre todo, por poner a un chaval de siete años esas canciones escandalosas que, por supuesto, memoricé de modo inmediato. Siempre he tenido una capacidad prodigiosa para memorizar datos inútiles, algo que me ha dado ventaja como escritor. Memorizar datos útiles es de opositores. Los escritores memorizamos gilipolleces y a algunos niños ya se les ve la obra en el rostro.

Los chavales, por entonces, cantábamos canciones de yonquis y bohemios y no Cantajuegos, que es lo único por lo que España tiene que pedir perdón a Sudamérica. Luego, en los 90, las mañanas fueron igual de frías que las de los 80, pero a medida que pasaban los años, se hicieron menos luminosas. Y menos mañanas. Comencé la década siendo un niño y la terminé con una carrera hecha. En esos años pasó todo lo que tenía que pasar y fuimos libres. Luego todo ha ido a peor y finalmente, no me quedó otra que escribirlo.

De ese disco no ha perdurado ninguna canción más que ‘Princesa’. El resto de temas se han esfumado y a mi me gustaría saber qué opina Sabina de ciertos cortes como ‘Balada de Tolito’, ‘Ciudadano Cero’ o ‘Rebajas de Enero’. Quiero saber por qué no las toca, si es un tema de derechos, de repertorio, de gustos o de odio eterno a las mujeres que las inspiraron. Hace poco imaginaba una última gira de Joaquín en salas pequeñas, donde tocara sus temas más olvidados a su publico más fiel y con entradas a precios desorbitados, mucho humo, mucho whisky y ninguna mascarilla. Algo me dice que no podrá ser. De cualquier modo, cuando paso por Tirso de Molina, giro hacia Relatores para provocar un encuentro casual, pero no se me logra. Compro unas flores, me acuerdo del cabrón de Garabito que estuvo en su casa y le entrevistó durante horas, me siento en la taberna aquella de la esquina, hago tiempo y se me va pegando la melancolía al estilo. Esas canciones han sido mi vida y ahora, cuando las oigo, siento una infinita pena. No porque todo se haya acabado, no porque ese mundo ya no exista, no porque no pueda llamar a Picón y pasarnos toda la tarde escuchando al Flaco en el Montesol. Pena, sobre todo, porque yo también me he ido. 

Daría la vida por volver a tener ilusión por algo, por mirar la noche con incertidumbre y por soñar de nuevo con todo lo que podría pasarnos a la vuelta de la esquina. Hemos de soñar con una última noche sabinera, como cuando aún había humo, nos salía la poesía en cada desplante y ni las mujeres ni las sabanas de abajo estaban aún rotas.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 8 de octubre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)