Petrogrado es pequeña y suave, tan rosa por fuera que se diría toda de algodón, de algodón de azúcar, feminista y cálido. Porque Petrogrado es, ante todo, dulce, de un dulzor que raya la hiperglucemia y que, en ocasiones, te deja al borde del coma diabético. Petrogrado puede ser también tu insulina y lograr que el exceso de glucosa se almacene en forma de glucógeno, que es la forma orgánica de los recuerdos: federales, asimétricos, bellos. 

Petrogrado está rodeado de paellas gigantes, bares exóticos, zonas chill-out y performances comprometidas. Hay foodtrucks y ese ambiente pijo que solo el PSOE es capaz de crear. Petrogrado, a nivel de imagen, es insuperable y el logo del partido aparece hasta en el último rincón. Y eso, en el mundo de los eventos, es sinónimo de tener dinero, mucho más que el PP, cuya convención, al lado de Petrogrado, son las fiestas de un pueblo manchego. Entonces pude ver intensidad, emoción y también cierta vulgaridad. Pero Petrogrado es distinto, de una frialdad extrema y melancólica, como un domingo en la Europa del este. Si el objetivo del 40º Congreso era mostrar unidad, se puede decir que han fracasado. Más allá de las pullas de Felipe y del tema Ábalos, allí se percibía una prudencia global, una conjura íntima generalizada para no meterse en líos, como una cena de nochebuena en la que tu hermana te da una patada por debajo de la mesa para que no digas lo que piensas. Y así, la paz pende de un hilo y explota cuando el cuñado se cansa de fingir. Pues en Petrogrado igual, solo que tu hermana es Lastra. Y, por eso, el silencio corta. Todo aparece revestido por una legión de respiraciones contenidas que tratan de ocultar una guerra que llegará, antes o después. 

En ocasiones, Petrogrado no parece un lugar en el que se está celebrando el congreso de un partido político sino una convención de directivos de una multinacional de la comunicación. Y de algún modo, es que es eso. El PP es un grupo de aspirantes motivado, con esa predisposición al idealismo del que aún no sabe que tú nunca tienes el poder: es el poder el que te tiene a ti. Pero es que el poder es Petrogrado, todo el poder actual, el establishment entero. Y funciona como un ballet ruso: disciplina, corrección formal y perfección en la ejecución. Pero ni rastro de emoción o de verdad. Y mucho menos de entusiasmo.

Este Disneyland socialista es, por dentro, una sala de espera. Y por fuera un parque de atracciones progre, a medio camino entre el Primavera Sound y el Aberri Eguna. Es el ‘Progerri Eguna’. Por lo demás, dudé entre prestar más atención a la ‘transición ecológica justa’, la presentación de la Casa del Pueblo del Siglo XX, los talleres de plantación de árboles, contra el acoso sexual callejero, el de ‘Construyendo una agenda política para los mares de España’, el autobús ‘Ponte en mi piel’ o el coloquio ‘Dando la cara. La libertad frente al odio: LGTBIFOBIA’. Todo ello en los exteriores de Petrogrado. En el interior, un auditorio a rebosar sin una sola bandera de España. Música alta, cargos entrando como estrellas del rock, ministros por pasillos internos como luchadores de wrestling y una ovación atronadora a Ábalos que el realizador sanchista aprovechó para irse a un plano general. 

Y entonces llegó ÉL, Pedro, la Magia, domesticador de díscolos, madre de barones, el que no arde, rompedor de cadenas, escondedor de urnas, espejo de doctorandos, auxiliador polisario y primero de su nombre, apretando manos, guiñando ojos, regalando complicidades, apuntado con el dedo a seres imaginarios, besando al aire en una bulla interminable que se encargaron de hacer más interminable aún, estirando el muletazo y el compás como el Señor del Gran Poder reinando por Feria, como Pedro en Roma pero con Vangelis de fondo en una tormenta épica, en la apoteosis de vellos erizados, en un delirio sociata formado por los mismos que casi le echan a patadas de Ferraz por miedo a que hiciera la mitad de lo que, en efecto, ha hecho. Los caminos del socialismo son, ay, inescrutables.

Luego un despliegue de apoyos internacionales que el PP no podría ni soñar, merecido homenaje a Rubalcaba, discurso de Ximo y lectura de los resultados de las votaciones internas, que según parece podrían haber ventilado mucho más fácil con una papeleta única que pusiera ‘sí a todo’ o ‘lo que diga Pedro’. Y aplausos a la ejecutiva. 

Pero el discurso de Pedro es inenarrable. Pretende desmarcarse de la izquierda extrema a cuyos brazos se tiró voluntariamente. Pretende poner espacio con los nacionalismos cuyos pies besa cada mañana. Pretende impregnarse, por ósomosis, del estilo de González o Rubalcaba, que es exactamente lo que vino a destruir. Para terminar la misa luba, puño en alto y, a falta de Salve, La Internacional. Y podéis ir en paz. Ya decía Chesterton que el problema de no creer en Dios no es no creer en nada sino creer en cualquier cosa. Y esto, me temo, incluye Petrogrado. 

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 18 de octubre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)