En el paisanaje del PSOE, se perciben dos maneras de entender el partido. Una la podrían capitanear Lastra o Carmen Calvo. Ambas feministas, ecologistas y multicolor. La diferencia fundamental entre ellas es que Carmen no se cree una sola palabra de lo que dice, porque es una profesional y defiende el PSOE como podría defender el jamón de Teruel. Representa a ese PSOE cínico e hipócrita que es, sin duda, su mejor versión, cuando pone cara de malo y borda el papel de villano. Pero Lastra es otra cosa. Adriana es ese socialismo post zapateril que realmente se cree lo que dice, como un niño pequeño que se cree sus propias ensoñaciones. Esto no supondría ningún problema si no fuera porque la ensoñación es falsa: ni ellos son los buenos, ni los demás son los malos ni el mundo es una película de Harry Potter. El problema de creerse ‘Pedro y el Lobo’ comienza cuando te enteras que el lobo se llamaba Pedro. 

Porque el PSOE, para los suyos es una religión. Eso no sucede en ningún otro partido. El arraigo del PSOE es insuperable. El PP es algo más racional, una decisión de afiliación consciente. Pero el PSOE no se discute: el PSOE se ama, se hereda, como el apellido o la miopía. Y cuando algo se hereda y no pasa por el córtex, ya no es una decisión cognitiva y deja de operar en lo real para operar en lo simbólico. Y ahí reside el problema: para sus militantes, traicionar al PSOE es traicionar a sus padres, a sus abuelos, a los pobres, al progreso, a las mujeres, a la libertad, a la democracia y a los derechos humanos. Y todo a la vez. Es dejar de ser de los buenos y pasar al bando de los malos por decisión propia. Y cuando se es así, cuando se ama algo hasta puntos irracionales, todos nos volvemos dogmáticos y sectarios. 

Y si eso es el socialismo, la cosa se sublima a través del sanchismo, que es una rama de la literatura fantástica. Es una ilusión en la que no cabe la matemática, la realidad ni la verdad, que es fría y blanca como la luz de un quirófano. El sanchismo es un tamiz superpuesto a todo, un velo en la mirada, una pantalla que hace ver el mundo en una lógica de practicidad extrema que se transmite a las masas a través de un relato de culpables e inocentes, de mal contra bien y de verdad contra mentira, en el que algunos gritan libremente: «Miénteme, Pedro».

El otro PSOE es el de Ábalos, el pragmático, el economicista, el del socialista vasco de 67 años que se ha jugado la vida en los 80 por luchar contra ETA, que ha trabajado cuarenta años en Altos Hornos y que, mientras fuma un trujas, ve pasar a las feministas del partido con chapitas de ‘Muerte al heteropatriarcado’ y de la Agenda 2030 y ve cómo ahora -hay que joderse- se pacta con Bildu. Y siente náuseas de haber convertido su partido en algo así. Y claro, echa de menos a Rubalcaba que, si viera en lo que se ha convertido el PSOE, cogía el busto que le han regalado y lo convertiría en estatua ecuestre para salir galopando hacia el pasado.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 18 de octubre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)