España no está dividida en derecha-izquierda ni en norte-sur y ni si quiera lo está entre los partidarios de la tortilla de patata con cebolla y aquellos que no tienen ni puñetera idea de tortillas. La verdadera división de España es este-oeste y yo culturalmente tengo más en común con un asturiano o con un sevillano que con un valenciano o un catalán. Más o menos con la antigua Corona de Castilla, vaya, un eje imaginario que va de San Sebastián hasta Algeciras y que parte Madrid en dos a la altura de Las Ventas del Espíritu Santo.

Por motivos que no vienen a cuento llevo dos de los últimos tres fines de semana en Valencia y he de decir que me he sentido fuera de lugar en todo momento, algo así como el Gran Poder por Picadilly Circus, como Angela Merkel en el polígrafo de Conchita, como un cocido montañés en el agosto de Dubai. Simplemente estoy fuera de cacho, no entiendo la ciudad, no comprendo costumbres ni horarios, no pillo el ‘tempo’, el alma, no me integro con el entorno ni con el contexto, que me resulta tan ajeno como los pueblos de los que habla García Márquez. No entiendo el modo en el que la ciudad se expande ni tampoco que anochezca tan precipitadamente. No comprendo sus avenidas inmensas que no sé de donde vienen ni a donde van ni entiendo ese aspecto de nuevo que tiene el mundo. Es un aspecto de nuevo, pero ya viejo, como esos niños con cara de funcionario. Es un barroco ‘kitsch’, un folio amarilleado por el sol. No comprendo que sea todo tan excesivo, no comprendo una extraversión tan precipitada ni una levedad tan enorme. No comprendo la frivolidad de las vestimentas. Porque allí todo es liviano y frugal, como el amor en el Caribe, como si a la vida le hubieran metido un Lexatin de los tochos, de los de 6 mg y en realidad ya nada importara demasiado.

Es posible que, simplemente, yo en Valencia no pegue. Lo he intentado, he puesto todo de mi parte, he leído su historia, he paseado esa ciudad con la mirada predispuesta al asombro y me hasta me he perdido por El Carmen. Pero es que no comprendo nada, creo que me pilla o demasiado viejo o demasiado joven. La culpa es mía, no tengo la mirada educada en este tipo de belleza y no estoy acostumbrado a ella. Rebeca Argudo me ha dicho que me la tiene que enseñar ella y que mi visión cambiará. Y me lo creo. Primero porque todo en el mundo es mejor si está Rebeca Argudo. Y segundo, porque creo que eso es lo que me falta, un intérprete, un traductor, un Cicerón que me ponga la ciudad en suerte y me lleve al caballo galleando.

Sospecho que debe haber un gran encanto en sus pueblos, en el campo y en el barquito con luz Sorolla. Pero no he entendido la ciudad de Valencia. Y antes de que me machaquen los valencianos que lean esto, asumo que es mi culpa. Aunque, en realidad, va a ser difícil que me lean. Tras dos domingos en la ciudad he sido incapaz de comprar un solo periódico. Aprovechen, castellanos, y vayan al quiosco, que en otros lugares ya comienza a ser un animal mitológico. Y paseen ‘El Norte’ junto a una barra de pan en ese intervalo sagrado que va del café al vermú. Señores: es otoño y esto es Castilla. Hay setas, uvas, vino y prensa. No pierdan el tiempo. Y besen cada día el suelo de nuestra Tierra Santa. 

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 21 de octubre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).