He acabado el libro de A.J. Ussía reventado, cansadísimo y cubierto de polvo por dentro, de un polvo marrón que se te pega a la memoria, a las palmas de las manos y al porvenir. Te deja los zapatos llenos de barro, de agua estancada y de olor a local de ensayo, que es un olor a adrenalina, a cables y a química. A colillas, a cerrado y a ese material aislante que suele haber en las paredes para separar el mundo en dos e insonorizarnos a todos: a los del interior de la vida real y a los del exterior de la belleza infinita del mundo de los sueños.

Del miedo extremo no se vuelve nunca. Y del amor extremo tampoco. A.J. Ussía sintió ambos y a partes iguales y nos cuenta ahora sus años más intensos. Se nota que calla mucho más de lo que cuenta, lo cual me temo que algunos no sabrán interpretar ni agradecer. Aparece Antonio Vega, claro. Pero no es un libro que cuente la vida de Antonio y eso hay que dejarlo claro. Cuenta su vida, la de A. J., la vida de un chaval de 21 años con el que, por cierto, me he tenido que cruzar quinientas noches en ‘El Negro’ de Ventura de la Vega. Fueron para él años duros, sin duda. Son años que marcan una personalidad y, lo peor, unas expectativas que luego son inalcanzables, por mera supervivencia. Pero años preciosos. E inolvidables. La admiración a Antonio está presente en cada página. También el cariño inmenso. Pero ‘Vatio’ no es un panegírico a Antonio Vega, que era muchas cosas además de un genio perdido en ese Madrid inolvidable que nos cuenta Ussía y que por momentos es una terraza adolescente en La Latina y, por momentos, el Baltimore de ‘The Wire’, un relato cruel de cómo adaptarse a los bajos fondos sin adaptarse a los bajos niveles. Y yo se lo agradezco. 

Y además le entiendo. Si yo tuviera todo eso dentro, tendría que sacarlo, tendría que contarlo, pero no sé si sabría hacerlo con ese ritmo frenético de coche derrapando ni con ese tono de tarde-noche que vertebra el libro de principio a fin. No hay ni un ápice de luz y, cuando surge, es porque lo emite una farola mortecina a primera hora de la tarde, cuando aún no hace falta, y se apaga al amanecer, cuando ya es inútil. Y en esos casos, siempre llueve y a Madrid se le pone una boina por encima y duelen más las 4500 noches sin Antonio. Y entonces el libro te lo trae de regalo a tu casa, junto a una baja presión y un cielo cercano, que casi se puede tocar. Y un corazón con arritmias y una línea de bajo que te retumba por dentro y te hace sentir graves las vísceras. Pero toda esa oscuridad y esa adrenalina lleva, de modo imprevisto, al amor y a la esperanza. Y es que, al final de todo queda un recuerdo, una intensidad vital que se echará en falta cada día y el ‘sfumatto’ con el que pasa el otoño y la vida en Madrid. Creo que cuando se acuerda de esto, A.J. sonríe. Y esa risa, junto con la serotonina que provoca el pánico, es el premio que le debía la vida, la sensación liberadora de haber contado tus pecados para buscar la absolución. Pues ‘ego te absolvo’, A.J. Y seguro que Antonio, también. 

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 14 de octubre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)