Recuerdo aquella canción de Aute: «Pasaba por aquí, ningún teléfono cerca y no lo pude resistir». Me quedo atrapado. «Ningún teléfono cerca». Es bello, anacrónico, cinematográfico. Las generaciones más jóvenes nunca podrán entender del todo ese verso, pero hubo un mundo sin móviles, sin redes sociales, sin contactos a la carta y sin la enorme soberbia de creerse merecedor perpetuo de la inmediatez del otro. Un mundo con cabinas en la calle y fluorescentes parpadeando bajo la lluvia a la salida del cine. Un mundo predispuesto a la sorpresa, al encuentro fortuito y a la aventura inesperada. Porque entonces las soledades eran ciertas. Y cuando se han sentido, todo encuentro se convierte en milagro. 

Pertenezco a la ultima generación de personas que no han contactado con quien han querido y cuando han querido. El mundo era mejor cuando el ‘adiós’ era ‘adiós’ y lo era de verdad, no como ahora, que apenas es un interregnum entre whatsapps. Entonces pasaban cosas porque nada era definitivo y vivíamos con la relajación del que sabe que el telón se corría cuando decidieras.

Recuerdo hoy a una rubia de la que me enamoré una noche en 1999, creo. La recuerdo porque la había soñado muchas veces y un día el sueño se hizo carne y habitó entre nosotros. Apareció delante de mí, sola, con el rimmel ligeramente corrido, un vestido negro y apoyada en la barra del ‘Harlem’, en la época de Leo (de ahí vino lo de Leo Harlem). Fue algo intenso, un personaje que solo conocía por sus apariciones en mis sueños, como cuando ves una casa por la calle y dices «coño, esta casa la he soñado». Pues yo soñé una mujer. Fueron unas horas inolvidables. María. Nunca la volví a ver. Ni si quiera en mis sueños. Volví al Harlem a la misma hora durante semanas, que es como se hacían las cosas antes, a ver si ella, en la misma situación, obraba igual. Pregunté en la barra, indagué lo que pude, pero nadie sabía nada. Se esfumó para siempre y eso es todo. Pertenece a la nostalgia, del griego ‘nóstos’ (regreso) y ‘álgos’ (dolor), es decir, dolor por regresar. Allí está bien, porque allí crece y permanece inmaculada, María.

Pienso en cuántas personas se han quedado en el olvido, cuántas historias a la mitad y lo largo que fue el mundo antes del móvil. Ese día murió el misterio, las formas deformadas en la memoria, la belleza, la interpretación del personaje que te tocara ser cada día, en cada viaje, antes de cada nebulosa. La sobre exposición nos ha matado. Los mitos crecen en la distancia. En la cercanía solo crecen las arrugas y la realidad, que es solo una de las formas de la ficción, quizá la más vulgar. Por eso, hoy hay que escribir más que nunca, para volver a mirar a lo lejos. La miopía del móvil no nos deja ver ni si quiera la propia vida y, por ello, el único desabastecimiento que me importa es el de Seagrams, el de magia y el de las mujeres que desaparecían cargaditas de ambas cosas en noches de otoño como pudiera ser esta misma.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el lunes 25 de octubre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).