Igual que hay días para olvidar, los hay perfectos. El mío fue este viernes, un día normal en el que todo salió bien, sin aspavientos ni flamenquismos, un bien de policromía castellana que pasó como una sucesión de puntos suspensivos cayendo como gotas plácidas. Yo era Induráin en Luxemburgo, todo discurría con una cadencia de factoría alemana y la temperatura era perfecta, esa que se da a veces y que consigue que un chaval pueda ir en manga corta, una señora en plumas y que ambos se encuentren perfectos. Porque, en otoño uno no se viste para la temperatura que hay sino para la que le gustaría que hubiera. No encontré cola en la panadería, levanté la mano y apareció un taxi, me notificaron un error a mi favor en el banco e incluso me llamó el médico para decirme que mis análisis eran perfectos y que podía seguir con los Negroni. A punto estuvo de animarme a volver a fumar.

Antes de seguir, debo decir que mi casa me odia y conspira contra mi. Que llamo jardín a dos tiestos rotos de los que salen sendos palos y que mi termostato lo forman dos cables sueltos en una pared que, al hacer contacto, encienden una caldera que calienta, pero sin contemplaciones, como la caldera del infierno, sin tibieza ni equidistancias. Sin embargo, cuando se sueltan, se sueltan de verdad y entonces mi salón parece el fondo norte del Nuevo Zorrilla, uno de los puntos más fríos de toda Rusia. 

En este contexto llamé al seguro para arreglar la cisterna, que lleva sin funcionar varios años y cuyo mecanismo ha de ser activado levantando la pesada tapa de cerámica y pulsando una superficie que pone en marcha un sistema que no comprendo porque soy columnista, la némesis del ingeniero. En el seguro me cogieron el teléfono sin dilación, no me atendió una máquina sino un señor que se llamaba Andrés, consultó mi póliza en tiempo récord, ‘el sistema’ funcionaba y me informó que, efectivamente, me cubrirían tanto pieza como mano de obra. A los tres minutos me llamó otro señor -Evelio- y me informó que era el fontanero asignado, que, por casualidad, estaba justo debajo de mi casa y que, si me venía bien, subía en ese momento. Accedí. 

Y entonces apareció Evelio, limpio, formal y educado. Miró el escenario, me sugirió que siguiera trabajando, que la cisterna era cosa suya y que, casualmente, la pieza que faltaba era la única que traía, que no solo era compatible sino además la óptima. Que podía colocarla en ese momento y que, por supuesto, no me costaría un euro. 

Lo arregló. Ejecución perfecta, como la de Nadia Comăneci, siete dieces. Me apretó la mano con firmeza, se ofreció a volver para arreglar todo lo que no funcionaba en mi casa y se fue por donde vino doce minutos y veinte segundos después de haber llamado a mi seguro. Y entonces di gracias a Dios, no solo porque a veces los astros se alinean y todo funciona, ni tampoco porque aun existan hombres de verdad sino, sobre todo, porque los seguros lo saben y tienen asignado, en secreto, a uno por columnista. Laus Deo. Y Evelio.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 1 de noviembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).