La vida envía sin cesar ocasiones para demostrar de qué estás hecho, cómo estás construido, cuáles son tus cimientos. No hay un solo día en el que no dejes claro quién eres y cómo has sido formado, porque tus actos no son sólo tuyos, sino que dejan entrever cuál es tu base, cómo son tus padres, quiénes han sido tus maestros. La Compañía de Jesús enseña que todos somos líderes y que, además, lo somos todo el tiempo. No hay días libres y no se elige cuando liderar: siempre hay gente mirando y, por lo tanto, siempre influyes en alguien. Por eso, no hay un solo día en el que no se note qué tienes dentro, cuánto eres capaz de elevarte, a dónde miras cuando parece que no miras a ninguna parte.

Especialmente si has sufrido o has conocido las sombras. Esas son las arrugas del estilo, no solo literario. La manera de actuar de quien ha conocido el dolor suele estar llena de solidaridad, porque hay lugares de los que no se vuelve. La piedad surge del recuerdo del propio dolor y dificulta los linchamientos. Porque ahí es cuando miras de frente a tus valores, a tus principios innegociables y a Dios. Cuando estás bien construido, sale de modo automático, como cerrar la boca al masticar. No hace falta pensarlo, simplemente sucede. Cuando estás mal construido, también, porque el mal es otro automatismo y la vulgaridad es la forma más común de crueldad.

Diariamente hay oportunidades para mostrar empatía, nobleza y un concepto de la dignidad que se eleve sobre el olor a pies de la muchedumbre. No paran de llegar momentos para devolver grandeza frente al enanismo y generosidad frente al ensañamiento cejijunto de la turba, que nunca jamás y sin excepción, tiene razón. 

Da igual quien sea el otro o qué haya hecho, porque esto no va de quién es él sino de quién eres tú. Cuando tu manera de actuar dejar de depender de ti para depender del que tienes enfrente, estás perdido, porque estás en sus manos. Puedes mostrar desacuerdo con una persona o con una actitud, incluso hacerlo de modo airado, grave y radical, pero nunca puedes perder las formas, la elegancia ni unirte a un linchamiento. Y cuanto más grande sea el desacuerdo, más nobleza es requerida, hasta el paroxismo. Para que el enemigo huya, conviene no volar el puente. Y, menos aún, robar la plata.

Puedes trabajar para demostrar lo que quieras. Puedes pedir enérgicamente que se condene al otro, si hay pruebas para ello. Puedes trabajar día y noche para vencerle y batirle, pero es necesario hacerlo en buena lid, sin mezquindad y con unos códigos humanos innegociables. Si eres taurino, no tengo que explicarte lo que es dar las ventajas y dejar abierta la salida. Si perdemos eso, dejamos la esgrima y nos convertimos en un grupo de navajeros eructándose a la cara unos a otros. Y cuando eso sucede, el lodo enfanga hasta los recuerdos y uno ya no se acuerda de sus padres, de sus maestros ni de su propio dolor. Y entonces estamos muertos y somos solo niños ciegos perdidos en la noche. Apenas eso.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 5 de noviembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).