Yo comencé a escribir una mañana de otoño en la que no me dejaban hablar. Durante aquella época no pude terminar una sola frase sin ser interrumpido, y no estoy hablando de discursos interminables ni de complejas subordinadas enroscadas sobre sí mismas como pudiera ser esta misma, sino de oraciones simples, de enunciados sencillos, de expresiones básicas, claras y directas como cañonazos sobre un silencio de nieve.

Empecé a escribir para que me quisieran. Era mi manera de demostrar que no era tan idiota como aparentaba, que no estaba vacío y que solo necesitaba algo de tiempo para componer un pensamiento, que no soy tan rápido como el resto, que necesito pensar un poco, borrar palabras, rectificar lo dicho, volver sobre lo ya pensado, pararme a buscar metáforas como relámpagos que alumbren en la noche y que además parezca que sale de modo natural, sin pensar, como si estuviera borracho de talento y las palabras fueran un chorro de agua a presión en lugar de un manantial que gotea sonidos lentos como derechazos sobre el tercer aviso.

Otros tocan el piano o bailan para las visitas. Es lo mismo, solo se trata de ganarse un abrazo, una mirada de aprobación y cariño. Por eso, cuando dicen «me encanta como escribes», lo que en realidad quieren decir es «me encanta como piensas» o «me encanta como sientes». Es decir, «me encanta cómo eres». Y ya está, eso es todo. La realidad es que el elogio rara vez llega y si escribes para que te quieran, mejor adopta un gato. Escribir delante de tanta gente es una fábrica de odio, de desprecio y de reproches. Por eso no merece la pena decir una sola palabra si el objetivo es buscar aprobación. No es ético decir lo que los demás quieren oír, no hay un gramo de decencia en el aplauso populista. Es más: es inmoral. 

Solo merece la pena escribir jugándose entero. No es una pose suicida, sino honesta. Hay que asumir las consecuencias de ser tú mismo, de no pensar igual que los demás, de asumir que tu tono es único. Hay que decir lo que realmente piensas, aunque eso suponga un total aislamiento intelectual y afectivo, si es que ambas cosas no fueran, en realidad, la misma. El resto es otra cosa, ser un charlatán, un político, puede que un publicista. Pero no se trata más que de ser una persona. En concreto, de ser tú. Nada más. Nunca nada menos. 

El viernes recibí un mensaje de Ana Iris Simón, quizá la voz más valiente y honesta del panorama. En un oficio de folklóricas con barba, Ana Iris es la única que dice lo que quiere decir, sin gritar, sin epatar, desde la integridad y la inmensa temeridad de ser ella misma, sin reaccionar a los cantos opuestos. En su mensaje, me decía que hay que escribir «cosas buenas, útiles y verdaderas» y desde entonces no he podido dormir una sola noche pensando que tiene razón, pero que yo nunca he sido capaz de hacer esas tres cosas a la vez. O no son buenas, o no son útiles o no son verdaderas. Sirva este texto como debut en el género y, sobre todo, como agradecimiento a Ana Iris por la lección. Si no somos capaces de decir cosas buenas, útiles y verdaderas, es mucho mejor estar callado, que, por otra parte, es como todo empezó en una mañana de otoño.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 11 de noviembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).