Cuando de joven me preguntaban si era de Oasis o de Blur, respondía que de Suede. O de Pulp. La respuesta dependía del día, de la cara del de enfrente, y, sobre todo, de cómo creías que podías tocarle más las pelotas. «—Niño: ¿Beatles o Stones?». «—¿Por quién me toma, señor? Yo soy de los Kinks». Y todo era mentira, faltaría más, a mí lo que realmente me gustaba por entonces eran ‘Los Rodríguez’, excepto cuando ponían ‘Sin documentos’ y reivindicábamos a los Cure para no tener que bailar. Supongo que, en Halloween, Robert Smith se disfrazaría de María Ostiz, aunque por entonces no había Halloween y sí una oscuridad brumosa en los bajos de cualquier sala llena de humo blanco, buenos tipos y chicas malas. Ahora que lo pienso, puede que no solo fuera joven sino también un poco gilipollas, pero ¿quién no lo ha sido alguna vez? Es más, ¿quién no lo sigue siendo? 

Algunos nos reinsertamos, otros se hicieron políticos. En cualquier caso, la cosa era salir del carril del 10, de la fila india, del calorcillo lanar del rebaño estabulado y de las paladas de pienso. No había mayor vulgaridad que saberse el centro exacto de la media aritmética, que era como quedarse a vivir en un empate a uno. Se trataba de poner una bomba lapa en la campana de Gauss y volarla por los aires cada mañana. De odiar los centros cívicos, los cortos de cerveza y los miércoles por la tarde. La consigna era ser libres y derrochar personalidad, con la actitud de una estrella en escena. Pero sin escena.

Lo mejor de los 80 fueron los 90. Heredamos el espíritu de rebeldía y de libertad de la década anterior, pero además se supo orientar hacia algo mejor que pintarse los pelos de colores y escupir al respetable. Había un estado de excitación general y de crecimiento económico. Es decir: libertad y pasta. Y encima todos habíamos leído un poco, por lo que lo mínimo que se esperaba era que fuéramos diferentes, independientes y libres, salir de la homogeneidad y del gris sociata, atreverse a sacar el dedo corazón a las señoras esas que decían en el súper: «¡Jesús, qué juventud!» y luego darles la paz en misa como si el de ayer no fueras tú

Después llegaron los móviles, dos o tres crisis seguidas y todo se fue a la mierda. Y nos dimos cuenta que el progreso no era el lugar al que íbamos, sino el lugar del cual veníamos. Y ahora caminamos entre nieblas, aceptando restricciones irracionales, limitaciones acientíficas, consignas absurdas, supersticiones de subsecretarios, medidas sin sentido y puritanismos de nueva ola. Todo para no ofender a nadie y que no te llamen loco, incívico o insolidario. Pero me he cansado y frente a tu derecho a que no te ofendan, reivindico mi derecho a ofenderte, a ser odiado por los necios y a recuperar la personalidad que perdimos allá por ZP para desagradar cada día a los indeseables que nos están llevando a la ruina con sus medidas-placebo. Los punkies fueron los últimos dandies. Y mandar a la mierda a los hechiceros será la nueva aristocracia.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 29 de noviembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)