Yo propongo que se asigne un agente de policía por persona y que, el que me toque, venga conmigo a todas partes y se asegure de que cumplo la ley: que venga conmigo a la comida que tengo en un rato y me haga soplar antes de coger el coche; que me venga a buscar por la mañana para bajar al perro y compruebe que se recogen las deposiciones físicas del perrito y las intelectuales del político que balbucea por la radio; que me suba la mascarilla en interiores, me la baje para dar un sorbito al Sinfo y me la vuelva a subir de modo inmediato, en plan plusmarquista. Y que si vas a besar a alguien al resguardo de cuatro paredes te meta una descarga eléctrica y te haga reflexionar sobre tu carácter homicida, insolidario, fascista y posiblemente pecador.

Mejor: propongo que en la próxima dosis se nos inyecte un Guardia Civil chiquitito con wifi para que, desde dentro, pueda dar parte inmediato a las autoridades de lo que hacemos o, mejor aún, de lo que pensamos hacer. Puede ser también un agente de la KGB retirado, que encaja mejor y tienen más práctica. O una viejecita puritana de un pueblo de Boston, con su visillo y todo. O algo más local: un escritor de autos sacramentales que nos queme como a los herejes. O, rizando el rizo y en un acto extremo de crueldad, que nos inyecten uno de esos médicos que dan lecciones de moralidad, de civismo, de superioridad moral para que nos vaya diciendo al oído lo que hay que hacer para ser un buen ciudadano, uno que no de guerra y no les haga ponerse tristes. Y menos en pleno puente. Porque si hay algo detestable es un médico dando lecciones al personal y echando bronquitas, como si nosotros estuviéramos a su servicio y no él al nuestro. Yo no me imagino a un mecánico recriminándome moralmente lo mal que cuido el coche o a un funcionario haciéndome copiar mil veces «no volveré a cometer la inmoralidad de olvidar un plazo». Uno tiene una edad y bronquitas, ya no. Bronquitis, puede ser. Cúreme si quiere y si no no lo haga, pero no me suelte homilías ni lecciones morales, que eso tiene más de hipócritas que de Hipócrates. Y a la autoridad, lo mismo: deténgame o múlteme. Pero no me den el coñazo.

O suspenden los conciertos en interiores o nos inoculan nanoagentes intravenosos, pero no tiene sentido multar a la organización de un evento porque los asistentes no cumplan la ley cuando en ni un solo bar de España se cumple, gracias a Dios. Un camarero no está para enfrentarse a los clientes sino para atenderlos. No se puede controlar que 4.500 personas cumplan la ley y, es más, no entiendo por qué eso no ha de ser responsabilidad de cada uno y ha de serlo del organizador. ¿Si se drogan o se pegan o se roban también multamos al organizador? 

Sin monopolio de la violencia no se puede obligar a cumplir una ley. Y el monopolio de la violencia no puede recaer en un señor que organiza conciertos, sino en la Policía. ¡Solo faltaría! Desconozco el recorrido que puede tener el expediente que anuncia la Junta de Castilla y León contra el promotor del concierto de Natos y Waor en Valladolid, pero espero y deseo que poco. En caso contrario, el mensaje que mandan a la sociedad es claro: estamos en manos de gente aterrada e incapaces de asumir que una comunidad autónoma no se gestiona como un ambulatorio. Por cierto, he escuchado al grupo. Y se salen.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 9 de diciembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)