Mariano está para reaparecer. Se los come. Si alguien en el PP tenía alguna duda de cómo se debe tratar a los populismos que quieren acabar con su partido desde derecha, izquierda e incluso desde dentro, supongo que ya está resuelto: es el método Rajoy, la supremacía de la tecnocracia, la razón y la política útil frente a los románticos, los idealistas y la grandilocuencia del delirio. Yo ya sé que la chavalada quiere intensidad emocional, diversión, declaraciones de guerra y mucho Wagner, pero es que la vida es otra cosa, algo lleno de martes por la tarde, de mostradores de funcionarios y de yogures bio.

Y la política que merece la pena es fundamentalmente eso, entender las competencias que te han sido otorgadas por la ley – por el pueblo-y ponerte a currar sin más dilación, a ser posible sin hablar mucho, sin recitar más poemas que los que aparecen en los marcapáginas del código civil y resolviendo los problemas en vez de crearlos. Y ya está, inteligencia, frialdad y practicidad, saber cuales son nuestros intereses y ser más ingleses que argentinos. La política con ilusión es una paletada socialguardiolista, algo para gente que ama la posesión, el ‘jogo bonito’ y los marcos mentales. Los que tenemos vidas bonitas, intensas, con romanticismo, con ilusión y con sueños por cumplir queremos a políticos fríos, grises y cumplidores, gente que analice, marque planes y los lleve adelante dentro de la ley. Eso son los políticos, nuestros servidores, los que ponemos para que hagan lo que nosotros no queremos hacer para poder seguir con nuestra vida. Porque la responsabilidad de nuestras vidas es solo nuestra. Me temo que quien busque la solución en grandes líderes con grandes ilusiones y discursos ultramotivadores es porque, en realidad, no se ve capaz. O que simplemente está triste.

Solo Rajoy ha tratado a España como un pueblo adulto desde González y eso es algo que España no le perdonará jamás. Porque España es un adolescente eterno que no soporta hacerse mayor y mucho menos que le traten como tal, así que nada, a hacer guerras culturales en lugar de currar. Pero la verdadera guerra cultural es no encogerse ante los poetas de la cítara, mandar a paseo a los populistas y hacerlo con desdén, con cinismo, nunca con odio o con desprecio, sino recitando un poco de derecho procesal. Y mientras todo eso pasa, España a sus cosas: votamos a la izquierda y nos arruina, votamos a la derecha y nos aburre, votamos a la izquierda y nos roba, votamos a la derecha y nos desilusiona. Y así eternamente. Pero sucede que algún día tienes que madurar y elegir o diversión o estabilidad, o aburrirse un poco o morirse de hambre, o miradas intensitas o el maravilloso tedio del progreso económico y la paz social. Esto es la vida. Y para que uno pueda ser Don Quijote en su casa es necesario que haya muchos señores de Pontevedra que anden raro, se bañen en una poza en verano y cenen pescadilla y compota. En caso contrario, me temo que tendremos lo que realmente pedimos. Y ese será nuestro castigo.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 14 de diciembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)