De entre toda la fauna cuñadil, siento especial rechazo por aquellos que dicen que el arte contemporáneo es un engañabobos y que lo que hace Rothko lo hace su hijo. A ver, quizá lo que pasa es que no entiendes a Rothko, su contexto, sus influencias, su espiritualidad, su manera de entender lo sobrenatural en un espacio de posguerra, su forma de abstraerse para expresar emociones, qué sé yo. P or otra parte, a nadie le importa que a ti no te guste Rothko porque Rothko no está para gustarte a ti, yo jamás me he planteado si me gusta o no, porque no estamos eligiendo cuadros para el salón. Ir a un museo no es ir a Zara y no se pasa por obras de arte como quien pasa por jerseys de cuello vuelto. Y no. Eso no lo hace tu hijo.

En la misma línea están los que mantienen que en los restaurantes con estrella Michelin se quedan con hambre, que es inmoral pagar tanto y que donde esté una tortilla de patata que se quite la cocina de autor. A ver, todo es compatible, tu tortilla, las lentejas de tu madre, el Burger King de tu hija y la alta cocina. Hay momentos para todo. Pero decir eso es no haber entendido nada. La alta cocina no está solo para quitar el hambre, sino que representa la máxima sofisticación del ser humano, un culmen como especie donde se une la investigación, la innovación, la tradición, el entorno, el compromiso, la poesía, la identidad, el sentido de autor, el placer sensorial, ético, estético y, sobre todo, la espiritualidad. 

Porque convertir en arte la comida y en comida lo que la naturaleza pone a nuestro alcance es la máxima evolución posible del ser humano, someter la creación para ofrecérsela, ya transformada, a Dios y al hombre. Supone un sacrificio de arte e implica trascender a lo primario, transformar en placer unas características organolépticas, elevarse sobre lo más vulgar, que son nuestras necesidades fisiológicas y, saber que, una vez cubiertas, surge el talento, la sublimación y la manera que tenemos de mirar a la muerte y vencerla. Es decir, nuestra obligación de celebrar la vida, el amor, la amistad y quedarse a vivir en la francachela, que es una palabra que siempre he querido usar y que significa reunión de varias personas para regalarse y divertirse comiendo y bebiendo, en general sin tasa y descomedidamente». Mi patria.

Lera tiene por fin una estrella. Es merecidísima y me parece escandaloso que no la tuviera aún. La última vez que fui, con mi amigo Millán Moyano, escribí una columna titulada ‘Vikingos con frac’ que nunca llegue a terminar, pero lo hago hoy, porque eso es exactamente Lera: lo atávico que llega a civilizarse, lo primitivo pasado por el tamiz de lo trascendente, el destino negro que se vuelve elegancia. 

Para los que venimos de Tierra de Campos, el éxito de Luis Alberto es el triunfo de nuestros ancestros, de la pobreza extrema, de haber vencido al desierto y a la miseria, el triunfo de una tierra dura, sin recursos, con posibilidades limitadas, la victoria de la caza, de la legumbre, del escabeche, de esos fondos gloriosos y de los palomares de una tierra que mira al cielo porque ya no puede mirar a otro lugar. Su compromiso y su apuesta por el antipopulismo es ganar dos veces. Y lograrlo desde Castroverde de Campos es una lección que hoy damos a los pijos pretenciosos de cualquier lugar del mundo: os podéis disfrazar de genios. Pero aquí hay uno que lo es.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 16 de diciembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)