Mi abuelo Julián murió en 1992 a los ochenta años de edad. Lo hizo un domingo tras un número indeterminado de operaciones. En realidad, el número no tiene nada de indeterminado y es bastante concreto, pero ahora mismo no lo recuerdo y no voy a dejar de escribir para preguntárselo a mi madre, que estará preparando el horno para el lechazo de esta noche. El olor de ese horno es lo más cerca que he estado nunca de la palabra patria. Yo respeto a todo el mundo, pero es evidente que cenar cordero, pan y vino te sitúa en otro escalón espiritual. Esos alimentos son símbolos y tienen mucho de iniciático, de litúrgico, de judeocristiano. Sobre todo: comemos lo que nos da esta pobre tierra que nos ha visto nacer y que nos verá morir -lo tengo claro- en una tarde asfixiante de un julio todavía lejano, tanto como empiezo a sentir los recuerdos de mi abuelo.

Pero no me olvido de su traje impoluto. De su reloj Titán que hoy llevo en la muñeca, de su olor a tabaco, de la boina que se ponía cuando hacía viento. Recuerdo el olor de su periódico, la corbata dorada y su pelo blanco, como de rico francés con un yate amarrado en Niza. Solo que mi abuelo no pisó Francia en su vida. Y menos aún un yate. Se pasó toda la guerra en el frente del Ebro. Volvió epiléptico del miedo a los obuses -del miedo a la muerte- y, de vez en cuando, aún lloraba porque, cuando mataron a su mejor amigo, él se llevó sus botas. Nunca se perdonó aquello, sentía la culpa como una losa. «No lo enterré, hijo. Le dejamos allí muerto y le quité las botas. Pero ¿qué iba a hacer? Andaba descalzo en medio de una guerra. Y estábamos muertos de frío». Eso son problemas: andar descalzo en medio del frío negro de una guerra fratricida. No lo superó nunca. Y tampoco se pudo sacar nunca el frío de dentro.

Sin embargo, nunca le oímos una palabra de odio, de rencor o de ira. Caminaba muy despacio, con la cadencia ‘ajuncalada’ de los que cuando cerramos los ojos, soñamos embestidas. No tengo ni idea de su ideología porque, a mi abuelo, lo que más le gustaba era mi abuela, el Real Madrid y tocar los cojones, puede que en ese orden. Así, durante el franquismo era más bien progre y, cuando llegó la democracia, se hizo más bien franquista. Porque sí, por rebeldía, por la aristocracia libérrima del que se sabe el único de su bando.

Los domingos íbamos a su cama y nos comíamos sus galletas mojadas en manzanilla, que era lo único que ya aceptaba aquel estómago aterrado. Él sobreactuaba el lamento mientras nos animaba a seguir. Luego a misa a San Pablo. Mi abuelo lo miraba todo como el que estuviera de vuelta. Porque, en realidad, estaba de vuelta. De vuelta de una guerra.

Le echo de menos más que nunca, porque me veo cada día más en él. Y estoy seguro de que esta Nochevieja estaría orgulloso de ese chaval del que nadie esperaba nada y que, pese a todo, llegó a escribir en ABC, el mismo ABC que hoy llevaría enrollado bajo el brazo mientras caminaba hacia la mesa de mi madre, helado de frío. Muerto de amor.

(Esta columna se publicó en ABC el 31 de diciembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).