Yo nunca me he sentido solo. Creo en Dios. Y con buenas cartas habitualmente ganas. Lo que aún no tengo claro es qué, pero me temo que eso solo lo averiguaremos al final. Aún así sé que no se puede sentir soledad, verdadera soledad, si te sabes hijo de Dios, es decir, alguien creado por Él, querido por Él y además querido de modo concreto, no en abstracto. Mi amor por mi hija tiene poco de abstracto, desde luego. Y ese es un buen ejemplo: yo busco lo mejor para mi hija en cada decisión que tomo. Es lo mismo que hace Bildu con el Estado, pero al revés. Aún así soy consciente de que muchas veces mi hija no entiende por qué tomo ciertas decisiones. Y es lógico, porque ella no tiene toda la información, ni los conocimientos ni la experiencia. 

Pero, de algún modo lo intuye. Pero si algún día ella pusiera en duda que, a pesar de la incomprensión, cada palabra, acto, presencia, ausencia e incluso pecado que su padre ha cometido tenía como único fin protegerla, pensaría que ha perdido la cabeza. Lo mismo me pasa con Dios. Yo no entiendo ciertas cosas, de hecho, no entiendo casi nada, pero he aprendido a aceptarlas como óptimas en tanto que las envía mi Padre. Cuando tienes eso claro, empiezas a ver la vida de otro modo, te sientes una ficha en medio de un tablero de ajedrez, una ficha en manos de un jugador bueno cuyos movimientos no puedes entender de modo aislado. Ni falta que hace. Tampoco entiendo a Dámaso y me encantan los callos que hace el cabronazo.

Es decir: confías. En Dámaso, en el ajedrez y en Dios. Y entonces bajas la cabeza, subes las solapas y caminas como un ciego en medio de la noche, a ver qué pasa. Y lo que pasa es que no ves nada. Es como escribir columnas, estás en una sala en la que solo hay niebla, no tienes ni idea de a dónde vas, pero, de algún modo, al fondo de la habitación vislumbras una luz y sospechas que es hacia allá. Y hacia allá te diriges. Y te sabes un instrumento, un médium. Y en estas circunstancias, cada encuentro es un milagro. En ‘El Aleph’, Borges hace referencia a unos versos de Francis Bacon que, a su vez, enganchan con el Eclesiastés, que es mi libro favorito y una obra maestra que prueba que el cinismo nos acerca al estocismo y, por lo tanto, a Dios. Dice así: «Salomón dijo: ‘No hay nada nuevo sobre la tierra’. Y así, al igual que Platón propuso que ‘todo conocimiento no es sino un recuerdo’, Salomón sentenció que ‘toda novedad no es sino un olvido’». 

Por eso no hablo de la soledad física, eso es lo de menos, una bendición que incluso agrada. Y si agrada, no es soledad sino solitud, mera ausencia de compañía, es decir, llegar al cero por ausencia de suma. La soledad es otra cosa, llegar al mismo cero pero por medio de una resta. La solitud es estar solo. La soledad es estar ‘sin ti’. Por eso no es algo físico. Y por eso, todos los encuentros son citas que no recordabas y a los que tus pasos, de modo inconsciente te han llevado. Y ahí quería yo llegar, esta es la luz brumosa del fondo de la sala y la columna: que, a pesar de todo, aquí estamos, que nuestros pasos nos han llevado a la supervivencia, que nuestra intuición nos pone al borde de otro año, al mismísimo filo del precipicio y solo nos queda seguir. Es decir, saltar. Cada uno como pueda, unos con más luz y otros con más sombra. Pero con la cabeza y las solapas altas. Hemos llegado hasta aquí, somos hijos de Dios y seguimos vivos. Os parecerá poco.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 30 de diciembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).