La muerte es un enigma que nos acompaña durante toda la vida, una interrogación negruzca que forma uno de esos signos de infinito frío, desdibujado y cruel. Se adosa al corazón como una lapa, creando una especie de espiral que acaba en ti mismo, donde no hay nadie para responder. Duele cada vez que lo recuerdas, que suele ser en el momento menos apropiado, en mitad de un examen, en el patio de butacas del teatro, en tu propia boda. 

Hay fases, por supuesto, y del mismo modo que a cierta edad acabas por aceptar con deportividad tu carácter mortal, yo aún recuerdo aquella mañana de sábado de los ochenta en la que caí en la cuenta de que algún día iba a morir. Hacía frío, como en todas las mañanas de sábado de los ochenta. Yo jugaba al fútbol en un campo en cuyos córneres había jeringuillas, papel de aluminio y condones. Los niños de mi generación aprendimos pronto ciertas cosas. Tanto que, en cuanto pudimos, dejamos el fútbol para escribir elegías a aquellos yonquis tristes. Cuando en mitad de un partido, en lugar de reflexionar en los desmarques te da por hacerlo acerca de tu inmanencia en endecasílabos, lo más probable es que lo tuyo no sea el fútbol. Pedí el cambio para pensar en mi propia muerte y esos fueron mis últimos minutos como futbolista. Pero los primeros como poeta. Y ahí seguimos de algún modo: detrás de toda buena prosa se esconde una lírica mediocre luchando por pasar desapercibida.

Si la muerte es un misterio, la muerte por decisión propia lo es aún más. Uno no acaba de comprender qué pasa por la cabeza de alguien para preferir el frío eterno a prolongar un minuto más su situación actual, por muy difícil que esta sea, aunque es evidente que no es lo mismo el suicidio reactivo de un joven ante una situación de maltrato o de ‘bullying’ que el suicidio melancólico y reflexionado de un anciano deprimido o el de una persona con alguna patología mental.

En cualquier caso, se habla mucho del suicida y poco de los que se quedan, de los familiares, de esas personas que han de seguir calentando el café cada mañana, encendiendo el motor del coche y saliendo a la calle para escuchar la vulgaridad de los sonidos de un martes por la mañana, esa aparente normalidad que parece dar a entender que aquí no ha pasado nada, que la vida sigue ajena a tu dolor. Solo que sí que pasa, pasa la vida sin un ser querido. Y pasa la culpa, que aparece siempre. Y tiene sentido: mantenernos cerca de ese ser querido, aunque sea de modo simbólico. Si logramos permanecer cerca para pasar el duelo y curarnos, lo estaremos haciendo bien. Pero si nos quedamos anclados a esa culpa de modo crónico intentando buscar una explicación que no aparece, estaremos abriendo un proceso autodestructivo que en nada ayuda. En el fondo la culpa es un autocastigo que añade dolor a la pérdida.

Números alarmantes

El doctor Martínez Manjarrés es psiquiatra especialista en niños, adolescentes y adultos jóvenes. Se muestra preocupado por el alarmante ascenso del número de suicidios en todas las franjas de edad pero, sobre todo, en adolescentes y jóvenes. Incide en que es imprescindible pasar por un ‘duelo controlado’, es decir, por un duelo terapéutico que ayude a buscar una respuesta, un por qué, una explicación a esa pregunta terrible que acaba por llegar: «¿Qué ha pasado?, ¿por qué ha ocurrido?». Así lo explica este psiquiatra: «No se trata de cerrarlo, probablemente el proceso de duelo no acabe de cerrarse del todo nunca. Se trata más bien de apaciguar desde el punto de vista profesional, de encaminar el duelo para que no derive en algo patológico. Y es muy distinto el suicidio de una persona que estaba en terapia y que había dado avisos que el de alguien que se va sin avisar. Si la persona estaba en terapia, es importante que el profesional explique qué ha sucedido y dé luz sobre lo que estaba pasando en realidad. El problema surge cuando se trata de buscar culpables y no los hay, por que tiende a culpabilizarse a uno mismo, es decir, llegan los pensamientos de ‘tenía que haber hecho más’, ‘tenía que haber estado más cerca’, ‘no fui capaz de ver los avisos’ o, peor aún, ‘los vi, pero no me lo tomé tan en serio como debería’». 

El psiquiatra Juan Diego Martínez Manjarrés
El psiquiatra Juan Diego Martínez Manjarrés – José Ramón Ladra

Martínez Manjarrés cuenta que en esos casos se tiende a interpretar todo el pasado como una señal, para darnos una posición. Sin embargo, «es muy difícil hacerlo solo, lo mejor es contactar con un especialista en salud mental». Este psiquiatra cree que «en realidad, cuando hay un suicida decidido es dificilísimo hacer algo. Y eso puede ser un comienzo, el principio de una reflexión profunda que consiste en aceptar que no podemos ir contra la contingencia ni contra la voluntad del suicida. Es decir, nosotros apelamos a que la persona piense en lo que deja, los vínculos con familiares y amigos. Y removemos el sentimiento de permanencia a través de la vinculación, que es un instrumento clave. Pero si alguien quiere suicidarse lo va a hacer, haga lo que haga la familia. Por lo que, en realidad, y aunque sea duro de aceptar, la única persona que tiene responsabilidad de su suicidio es la propia víctima. Y la culpa no ayuda en absoluto al familiar», remata. 

Es decir, hay que pasar de la culpa al duelo. Los expertos coinciden en que el duelo es necesario. Pero si cierra mal, llevará a una serie de vacíos personales y de permanentes huidas hacia delante. Y entonces el vacío se llena con adicciones y surgen las patologías mentales, las depresiones, los actos violentos e incluso hasta otro suicidio. 

El suicida frustrado

Marta María Peláez es psicóloga especialista en traumas, fobias y ansiedad. Coincide en que es posible que la culpa del familiar le acompañe toda la vida, por lo que más que eliminarla se trata de sobrellevarla. Sin embargo, apunta la existencia de otra culpa, la que se da en los suicidas frustrados, los que no logran quitarse la vida. 

La psicóloga Marta María Peláez
La psicóloga Marta María Peláez – De las Heras

«Algunos no paran hasta que lo consiguen, por ejemplo, los casos de depresión endógena, que casi siempre acaban en suicidio. Pero cuando es un acto impulsivo y la persona no lo consigue, los que sobreviven cuentan que en el momento en el que están cayendo al vacío o les están haciendo efecto las pastillas, se arrepienten, es el vértigo de lo definitivo. Y los que viven, necesitan tratamiento a largo plazo, pero sobre todo por la culpa que sienten por la familia, por el daño que han causado. Y los que no se arrepienten… volverán a intentarlo». 

Es un escenario de culpa multilateral: los familiares por no haber podido hacer más, pero los supervivientes por el daño que podrían haber causado a la familia. Incluso existe la culpa por la ‘no-culpa’, es decir, la culpa de los que lo han superado, han cerrado el duelo correctamente y ven cómo su entorno les culpa por no llorar lo suficiente.

Pero ambos coinciden en que la culpa de los familiares se dispara en los casos de los más jóvenes. Cuanto más joven es el suicida, más doloroso resulta. Y cuanto más dolor, más culpa. Marta Peláez subraya que «cada vez más vemos cómo los adolescentes y jóvenes tienen vacía la parte espiritual. Y la parte espiritual no es solo la religión. Es cierto que la religión lo llena, pero se puede llenar con voluntariados, haciendo algo por los demás. Pero parece que lo espiritual está mal visto. Y la realidad es que, sin esa parte, no estamos completos y surgen estos problemas, esta falta de sentido».

«Hay una alarmante falta de conexión en los jóvenes –continúa–. Todos buscamos conectar, hasta el punto que una mala conexión es mejor que la nada, es decir, una mala relación es mejor que ninguna. Pero el abuso de las nuevas tecnologías y la soledad que ha traído el Covid en edades difíciles, los hace sentirse desconectados, sin vínculos. Y eso es terrible, hasta el punto que algunos prefieren la muerte. Se ven aislados, los padres no les pueden dar esa conexión porque a esa edad les toca sentirse incomprendidos. Si los amigos tampoco les dan la conexión porque no tienen los mismos intereses y encima están semi confinados, sienten que tienen la vida vacía. A esto suma que no hay paciencia, no hay mano izquierda porque no han aprendido a relacionarse físicamente por culpa de las redes y no saben que las cosas se arreglan. Una tormenta perfecta».

Por su parte, Martínez Manjarrés apunta otra visión: «Estamos en la sociedad de lo inmediato, de la frustración fácil, del no afrontar los vacíos de la propia existencia. Lo quieren todo ya, pero eso implica que cuando no pueden más, quieren terminar del todo y con todo, ya. No se soporta la ruptura de la realidad, es decir, la frustración de saber que no vas a ser lo que querías ser, que no eres perfecto, que no eres el mejor ni la más guapa. Esa ruptura del imaginario suele suceder en la adolescencia. Antes te frustrabas, pero ahora, en muchos casos, es un paso al acto suicida. En el fondo es un acto más de narcisismo, una sociedad que te hace pensar que todo es posible. Pero no lo es… Deberíamos reflexionar sobre ello».

Unos 200 intentos al día

Mientras esto sucede, cada día hay 200 intentos de suicidio en España. Se está comenzando a hablar de ello, pero aún es insuficiente. Y, sobre todo, podemos seguir hablando, pero si no se asignan recursos a la salud mental, serán solo palabras. Y mientras algunos políticos no entiendan que detrás de las restricciones y la culpabilización a los jóvenes no solo se atenta contra sus derechos fundamentales, sino que además está el origen de tragedias, soledad y dolor, las enfermedades mentales, el suicidio y la culpa seguirán siendo daños colaterales cuya incidencia preferimos no mirar.

(Este reportaje se publicó en ABC el 4 de enero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).