Ánimo, que ya queda poco. Es solo un último esfuerzo, un arreón final, un fin de semana largo y podremos tirar de una vez los polvorones que han quedado al final de la bandeja, esos polvorones con cara de soldados de reemplazo que llegaban al frente cuando ya había acabado la guerra. Polvorones que se temen lo peor porque conocen su destino, claro. Y que disimulan solos, acurrucados junto a tres dátiles y dos peladillas sobre un papel que fue blanco un día y que ahora pide a gritos el descabello. Esto se acaba. Se acaba el estrés, los encuentros prescindibles y las agujetas en los pómulos de tanto sonreír sin ganas. Se acaban los tests de antígenos, los comedores hiperventilados como corazones rotos y esas caretas griegas de color azul-clínico. Se van los amigos invisibles y vuelven los visibles, los de siempre, los que te llaman un jueves cualquiera porque prefieren verte a no verte, sin más motivo. Y cada vez son menos: menos jueves, menos llamadas, menos amigos. Se va la respiración contenida y la caja con frutas verdes del roscón. Llega la dieta, la guerra civil a los hidratos y las caminatas junto a un río con niebla. Se acaba esta Navidad como se acaba un ‘coitus interruptus’ y podremos volver a la placidez de un lunes de enero, a la monotonía pálida de un año que empieza, la vida sin estridencias ni laureles. El 7 de enero será un silencio de orfanato, un silencio sospechoso que anticipa algo, algo que no sabes que es, pero que está ahí, presente, escondido tras ocho días sin tachones en la agenda. Huele a adrenalina sosa y suena como suenan los silencios en las películas de terror. Se llama precampaña, está ahí mismo y debería estar vetada a niños y a personas sensibles. Hay navajazos, traidores y mentirosos compulsivos. Hay mediocridad, servilismos y odio. Y sobre todo hay un público avergonzado en las butacas que preferiría ver como se quema todo de una vez por todas a dar el voto a uno solo de estos mediocres. No hay peor maltrato que el mal menor, no hay mayor humillación que elegir verdugo, no hay una indignidad mayor que la escala de grises. Este que escribe no piensa votar, probablemente durante años. Al menos no tendré nada que ver en lo que pase, no tendré ni una milésima de responsabilidad en lo que me temo que viene. Y podré escribirlo, si así me lo permiten, con las manos impolutas. Será lo que ustedes quieran. Y anticipo que, sea lo que sea, será una catástrofe para esta tierra.

Lo peor de ‘El grito’, de Edvard Munch, no es la cara atormentada del primer plano, el terror de esa figura asexuada, fantasmagórica y patética. Lo peor no es su mirada deshumanizada, ni el cielo que agoniza por detrás, ni tampoco las manos que se tapan los oídos para no escuchar lo que Dios quiera que le esté atormentando. Lo peor es que, por detrás, dos figuras caminan plácidamente, ajenas a la escena principal, tranquilas y en calma. Una vez más, el terror más grande convive con personas que, ante la misma escena, comen pipas. Yo no sé si Munch nos habla de la locura de unos, de la pasividad de otros o de la soledad de todos. Pero a mi me recuerda mucho a la que se nos viene encima.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 6 de enero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).