Durante la primera semana de aquel confinamiento no pude leer una sola página sin mirar de reojo el móvil. Los libros se amontonaban como facturas y mi atención solo servía para interpretar curvas, gráficos y tirarme de los pelos de la barba, como un demente. Se llama tricotilomanía, creo, pero son los nervios de siempre, la ansiedad de las paredes de marzo, la adrenalina de la vida en la frontera. Los días tenían cadencia de música de western y las praderas fueron solo fondos de pantalla. Todos paliamos la soledad como pudimos, pegados a la pantalla, enganchados a las redes y a los rumores o, lo que es lo mismo, haciéndonos adictos al ruido, a la brutalidad y a la pornografía de aquellas ruedas de prensa humillantes. De ahí la agresividad, esa constante sensación de mareo y el desprecio a los balcones que se me ha quedado como una cana en las patillas.

Entonces recordé aquello de que el pájaro no pía porque está feliz, sino que está feliz porque pía. Y deduje que yo no era incapaz de leer porque estuviera nervioso, sino que estaba nervioso porque no leía. Abrí ‘Los tres mosqueteros’ para ver cómo tres franceses daban la vida por una pucelana, Ana de Austria. Y todo cambió. No es un modo de hablar: de algún modo se paró el tiempo, se inhibieron las frecuencias y me creció la barba. El cuerpo me estaba exigiendo salir de mí mismo, ampliar el mundo y convertir la página en la ventana que no tuve. Porque la lectura es eso, un hombre en silencio, el contacto físico con el papel y un monumento al circuito sagrado que forman. Ninguna condena es tan grave si consiste en pasar los días así. La literatura de aventuras me hizo despertar y recordar todo el bien y todo el mal que cabe dentro del ser humano. Porque asomarse a este tipo de libros nos enseña que somos maravillosos, que somos una panda de hijos de puta y, sobre todo, que somos las dos cosas a la vez. Eso es cura contra el espanto, contra el dogmatismo y contra las plañideras de la postmodernidad. Pero, por encima de eso, es cura contra el aburrimiento, contra la taquicardia y contra la mediocridad de una vida sin gloria ni fracaso. 

Les cuento esto porque Zenda y Edhasa han unido sus fuerzas en una nueva editorial, que nace sabia y vieja, como todos los héroes. Pérez-Reverte y Daniel Fernández vienen a salvarnos y relanzan el libro de aventuras, las horas largas y las tardes lentas. María José Solano y Penélope Acero nos traerán un título cada dos meses, con el lujazo de las portadas ilustradas por Ferrer-Dalmau, que ya son arte. Y yo no puedo estar más agradecido por su apuesta. No por la diversión que se nos viene encima, no por la calma que se anuncia en mi sillón, no por los lejanos mundos que ya empiezo a oler, sino, sobre todo, porque alguien nos trate de una vez como adultos, por la vida sin edulcorar, por los libros no moralizantes y por la terrible afrenta de vivir sin intentar agradar a esta panda de gilipollas y de puritanos. Y visto así, ¿cabe acaso mayor aventura?

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 14 de enero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).