«La guerra que se acerca estallará mañana lunes por la tarde, y tú en el cine sin saber quién es el malo mientras la ciudad se llena de árboles que arden». Es de ‘Esta boca es mía’, de Sabina, pero bien podría haberlo firmado Mañueco aquel domingo 19 de diciembre en el que se fue a la cama, supongo que tras cantar villancicos, sabiendo que a la mañana siguiente se iba a cargar a quienes le habían sostenido durante toda la pandemia, a su equipo directo, es decir, a su vicepresidente y portavoz y a su consejera de Sanidad, a quienes se han comido su marrón, a quienes han sacado adelante el sistema sanitario de la comunidad en el momento más crítico desde la Guerra Civil, a quienes han tomado decisiones impopulares para que no las tuviera que tomar ni comunicar él. No sé qué tal dormiría. Supongo que bien. Quizá contaría ovejitas en extensivo. Quizá ciudadanos.

El día siguiente Igea se enteraba en la radio que había sido cesado. Mañueco ni siquiera tuvo la cortesía de comunicárselo a la cara. «Mira, Paco. Tú y yo sabemos que en dos meses Tudanca va a presentar otra moción y que esta vez la pueden sacar adelante. Porque ni tú ni Inés controláis el partido. Estáis en descomposición, el riesgo de un gobierno de PSOE con Podemos, UPL y algún tránsfuga es enorme y es algo que no podemos permitirnos en plena pandemia y con los fondos europeos a la vuelta de la esquina. Así que pensando en los ciudadanos he dado la orden de convocar elecciones y te lo quiero decir personalmente. Estoy profundamente agradecido a vosotros por vuestra lealtad y compromiso en momentos tan difíciles». Abrazo, foto, batallitas, dos vinos de más. Y a casita.

Todos lo habríamos entendido, la jugada habría sido maestra y habría pillado al resto con el pie cambiado. Y el PP estaría hoy rozando la mayoría absoluta. En lugar de eso decidió acusar a Igea de mentiroso, desleal, traidor, conspirador y no sé cuantas cosas más. Sin pruebas, claro. No parece la manera más inteligente de seducir a los votantes de Ciudadanos, que, por supuesto, aún están heridos por la puñalada. El mensaje no ha calado. Nadie se ha creído a Mañueco y de aquellos polvos, estos lodos. Unas elecciones inciertas, imprevisibles, llenas de dudas y con nubarrones al fondo, por más que haya interesados en hacerles creer que todo el pescado está vendido. Nada de eso. Si hay una protagonista es la desmovilización. En la calle se palpa desánimo, hartazgo y una ausencia generalizada de ilusión y entusiasmo. Y eso se va traducir en una abstención récord, atizada por la covid y por el frío del 13 de febrero, que no hace falta ser meteorólogo para saber que será intenso.

Todo puede suceder. Con pocos votos, ningún escenario es descartable. Ninguna de las dos alternativas Frankenstein que se presentan confrontadas en el horizonte parece contar con una ventaja clara sobre la otra, porque esta es una tierra de gente moderada donde los extremos nunca han funcionado. Y este estado de ánimo, esta orfandad general, puede estar dando alas a las candidaturas de la España Vacía, que me temo serán las grandes ganadoras de la cita junto a Vox. Pero es que a un Mañueco en el entorno de los 30 ni si quiera le valdría con Vox y quizá necesite a Igea, si lograra escaños por Valladolid y Burgos. Así que acabo como empecé, recordando con Sabina que «más vale que no tengas que elegir entre el olvido y la memoria, entre la nieve y el sudor. Será mejor que aprendas a vivir sobre la línea divisoria que va del tedio a la pasión». Un sabio.

(Esta columna se publicó originalmente como ‘Diario de Campaña’, en El Norte de Castilla, el 29 de enero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).