Todos los políticos del mundo están en Castilla y León y ya no podemos más con el estrés. No estamos acostumbrados. Antes salías a por un café y como mucho te encontrabas con un par de estudiantes que volvían de fiesta, a tu vecina bajando al perro y a uno de esos señores madrugadores comprando el pan, con la superioridad moral que una barra bajo el brazo le confiere a la tercera edad. Ahora sales a por un café y, de camino, te quitas de encima un par de cámaras, tres canutazos y un mitin en la puerta del chino. Y cuando llegas al quiosco te encuentras con García Egea charlando con uno de cuando hizo la mili en Murcia. 

Muchos vestidos de cazadores, como si fueran a una montería. Que la verdad, aquí no hemos visto a nadie así desde ‘Downton Abbey’. Si Delibes levantara la cabeza se encerraba de nuevo en Sedano, pero fijo. Te los encuentras en los lugares más insospechados, tanto que vivo con miedo de abrir la puerta del ascensor y encontrarme allí acurrucada a Pilar Rahola. Están siendo días duros. Uno huye de Valladolid para librarse de ellos y se va a un pueblo perdido de León, pero da igual, giras una calle y te encuentras ahí a Casado abrazando a una cabra. Y con cara de estar encantado, oye. Huyo despavorido hacia la otra dirección, piso el acelerador como en una película de los Coen y llego a la frontera de Soria con Zaragoza buscando algo de paz. Pero es inútil, allí en una gasolinera está Abascal observando la sierra del Moncayo, solo, con la mirada perdida, pensando en sus cosas de Abascal. No sé donde vamos a parar. El otro día me topé con Arrimadas y Villacís, supongo que vendrían de ventilarse media de torreznos y unos claretes. En la frutería, me dijeron que habían visto a Lastra comprando unas peras de agua. Y en la peluquería de abajo están intentando conseguir el teléfono de Cuca Gamarra para sugerirle un corte ‘bob’. Se nos ha ido de las manos la expectación.

Tienen el estómago reventado, eso sí. Uno me decía que llevaba un cuarto de lechazo, medio cochinillo, una morcilla de Burgos, un botillo del Bierzo, un chuletón de Ávila y tres chorizos de Cantimpalos. Y en una cesta unos mantecados de Astorga, que le había insistido una señora, por si se quedaba con hambre. Otro se había apretado un cocido maragato, un hornazo de Salamanca, medio jamón de Guijuelo, un arroz a la zamorana y una botella de Ribera. Así que están ensanchando, tienen todos un color sonrosadote que da gusto verlos. Van a terminar la campaña con cinco kilos de más, más frío que un san bernardo y los gemelos como Roberto Carlos. Y es que, como esto dure un poco más, lo de la España vacía va a dejar de tener sentido. Lo único vacío en España hoy es el Congreso de los Diputados porque están todos en mi barrio. Así que, para desconectar, emigraré a un lugar más tranquilo, sin políticos ni focos. Pienso que el sitio más seguro es hoy por hoy Madrid. Quizá vaya allí a relajarme, que hay mucha menos gente. Porque desde luego, aquí ya no cabe un alma.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 31 de enero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).