Tendemos a pensar que ‘gana un debate’ el que más conecta, el que mejor habla, el que más convence, el que más brilla, el que se impone retóricamente o el que mejor nos cae. Pero nada de eso, la política no es el imperio del ‘zasca’ sino el de la inteligencia estratégica. Luego volveremos a esto.

En la vida hay que elegir entre tener razón o salirte con la tuya. Y habitualmente salirte con la tuya tiene más de saber callar que de saber gritar. De ser prudente y no un macarra. Hay que dejar la salida libre al rival y ponerle un puente de plata para que huya con honores militares, si es preciso. Lo contrario, es decir, ensañarse, acorralarle o humillarle no solo no te hace ganador, sino que, además, te hace mostrarte como una persona insensible, falta de empatía y de grandeza. Es decir, como un mierda. Y eso es lo contrario de lo que se le pide a un líder. Cuando humillas al candidato preferido de muchas personas, las humillas a ellas, lo que provoca el efecto contrario al deseado, porque tendemos a ponernos del lado del educado, del honrado e incluso del débil si este es capaz de mostrar dignidad y elegancia. Es el arquetipo del hombre justo machacado por el hombre cruel. Si te conviertes en ese hombre cruel creerás que has ganado, pero en realidad solo te has quedado a gusto. Y no tardando entenderás que, en realidad, has perdido. Votos, crédito y, sobre todo, liderazgo. Nada hay tan débil como un hombre agresivo y ventajista. Nada tan fuerte como uno tranquilo y generoso.

En política hay que elegir entre ganar conversaciones o lograr tus objetivos, es decir, entre victorias públicas o victorias privadas. Decía Frank Underwood: «Qué desperdicio de talento. Él eligió el dinero en vez del poder, un error que casi todos cometen. Dinero es la gran mansión en Sarasota que empieza a caerse a pedazos después de diez años. Poder es el viejo edificio de roca que resiste por siglos. No puedo respetar a alguien que no entienda la diferencia». Elegir dinero en lugar de poder es como elegir ganar debates en lugar de ganar elecciones. Porque un debate no un desfile de pavos reales, sino una herramienta electoral, algo instrumental al servicio de un fin superior, y un debate lo gana el que gana votos, el que consigue salir con mas votos de los que entró. Esto implica dos cosas: no perder los tuyos y ganar alguno nuevo. Es decir, motivar a los tuyos y seducir a los del rival y a los abstencionistas.

Y ahí engancho con lo de la inteligencia estratégica. Cada uno debe saber qué objetivo tiene de los anteriores. Y si va a robar votos, saber a quién y articular su mensaje para ello. Y el resto, da igual, da igual caer bien, hablar genial o brillar mucho. Solo ellos sabían lo qué estaban buscando. Yo puedo imaginármelo, pero no tengo toda la información. Y sin entrar en más detalles, si alguien no perdió un solo voto y en cambio sí que los ganó Igea. Fue, por lo tanto, el ganador en términos de votos y relevancia. Pero hay más ganadores: Vox, Podemos, Soria Ya, Por Ávila, UPL y las candidaturas de la España Vacía. Porque cuando los ‘grandes’ ilusionan tan poco como hemos visto, cuando la motivación para ir a votarlos es tan poquita, cuando los candidatos son tan grises, los beneficiados son los que aparecen como alternativa, los retadores al ‘establishment’. Ellos no perdieron un voto y ganaron mucho. Y cuantos más debates haya y más expuesta quede la mediocridad, más van a ganar los no invitados. Como dice mi padre, «es mejor que te echen de menos a que te echen a secas».

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla como ‘Diario de Campaña’ el 2 de febrero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).