Yo ya sé que no está de moda defender los fueros, pero la realidad es que la monarquía hispánica de la que somos herederos siempre los ha tenido. No entiendo por qué tanta crítica y menos aún en nombre de lo conservador. Los fueros son fuente de derecho y pocas cosas hay tan ligadas a España y a su historia. Un conservador debería respetar las leyes heredadas de sus antepasados y entender que si entonces ellos llegaron a unos acuerdos tuvieron sus motivos, no eran gilipollas. Y, sobre todo, asumir que ‘pacta sunt servanda’, es decir, que los pactos han de ser cumplidos y un contrato no se puede romper solo porque te apetezca. Algunos dirán que un fuero es incompatible con el principio de igualdad, porque no deja de ser un privilegio para unos ciudadanos en función de su lugar de residencia. Pero es que el principio de igualdad es contra intuitivo y lo que marca es un mínimo, no un máximo. Todas las leyes generan desigualdades y, de hecho, persiguen precisamente eso, que las mujeres tengan derechos que no tienen los hombres, que los jóvenes tengan bonificaciones que no tienen los mayores o que las rentas bajas accedan a ayudas que no tienen altas. Es decir, la ley intenta corregir desigualdades, generando otras. 

Y resulta que lo que Castilla y León necesita son fueros, es decir, una serie de privilegios a los nuevos repobladores. Así se ha forjado nuestra historia, concediendo exenciones a los hombres que desde el siglo IX decidieron asentarse en esta tierra cruel, abandonada e inhóspita, en estos campos fronterizos, pobres y salvajes. Porque esta parte de la península no está vaciada sino vacía. Hablar de ‘España vaciada’ incluye a un sujeto agente desconocido, alguien que la ha vaciado, un culpable impersonal y opresor, que convierte la historia en marxismo magufo y fantasmagórico y nos victimiza. Y eso es falso, esta tierra siempre ha estado vacía. El único ‘vaciador’ activo fue Alfonso I en el siglo VIII. Más allá, una filfa.

Eso somos, esos fueron nuestros antepasados y de ahí venimos, de personas que se asentaron a cambio de privilegios, exenciones y mucho miedo. Debemos aprender de nuestra historia y no tener complejos para ofrecer, de nuevo, bonificaciones y mejores condiciones para los valientes de todas las razas y religiones que quieran venir a repoblar esta tierra para emprender, generar riqueza y trabajo. Siguiendo la tradición de nuestras ‘cartas puebla’, esos privilegios no serían personales sino extensibles a todo aquel que se acoja a la condición de poblador. Ese es el origen del municipalismo y no entiendo qué problema hay en que, dentro del ámbito de sus competencias, las diferentes administraciones se pongan manos a la obra para atraer empresas y vecinos.

Algunos lo llaman ‘dumping’ fiscal. Me da igual. La España de las autonomías tiene estas cosas y si es legal, es posible. Y si es posible es obligatorio, solo hace falta audacia y valor. Las autonomías nos han dado los cuarenta años de mayor prosperidad de nuestra historia y hay que seguir avanzando en ellas sin complejos. Volvamos a los fueros, que son nuestra tradición y el modo en el que la historia de Castilla y de León resuelve la despoblación y la convierte en grandeza. Aunque algo me dice que seguiremos hablando de vacas, sanchismo y ultraderecha. Pues mira, ya puestos a echar balones fuera, yo pido que se presente a las elecciones un Trastámara o un Borgoña. Hablo de la dinastía, no del vino. Aunque, a estas alturas, tampoco le hago ascos. Visto lo visto, yo me entrego al tinto.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla como ‘Diario de Campaña’ el 4 de febrero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).