Llegados al ecuador de la campaña, Castilla y León ya no puede más. La gente pide clemencia, ofrece el pescuezo y reza para que caiga del cielo una de aquellas puntillas de Roberto Domínguez. La calle está desmovilizada, esto no termina de arrancar y la cosa no va a mejor, sino que empeora. Se lo digo yo, que voy al bar y escucho. Pides un vino, pones la oreja y todas las conversaciones son la misma conversación y todos los bares son el mismo bar. Caras largas, desafección y sopas de ajo. Solo los de Vox muestran cierto ánimo. Y no son pocos, les recuerdo que son la tercera fuerza política del país y teniendo en cuenta que hay sitios donde no tienen un voto, no tengo duda de que aquí habrá lugares donde ya son la segunda. 

La gente se muestra abatida, avergonzada y hasta triste. Muchos ya han puesto pie en pared y dicen que basta, que no van a votar, que hasta aquí hemos llegado. Se sienten ofendidos en lo personal y hasta empieza a interpretarse como una falta de respeto. La imagen que están dando de nosotros al país resulta incómoda. Entran ganas de llamar a los amigos de Madrid y decirles que no somos así, de verdad, que tenemos internet, ascensores y hasta semáforos. Se empeñan en dar una imagen vetusta, mohína y derrotista de una tierra que debería estar pidiendo a gritos un ‘shock’ de modernidad para vender nuestros puntos fuertes con incentivos capitalistas y estímulos empresariales que ni en Silicon Valley.

A ver si algunos se enteran de una vez que la Junta de Castilla y León no es una mera gestora de competencias. Y que un presidente no es un jefecillo de funcionarios. Se exige audacia, ideas, liderazgo. Esto no es una comunidad de chichinabo, la historia de esta tierra nos pone en un lugar preeminente en el imaginario global, no solo español, sino también europeo y americano. Tenemos un lugar en el mundo, nuestra visión del hombre cambió para siempre el destino de la humanidad. Y después de haber llevado nuestra lengua, nuestra cultura y nuestra fe desde este rinconcito entre montañas hasta el último confín, de la península y del mundo entero, resulta que tenemos que limitarnos a elegir entre una panda de mediocres que actúan como vocales de la comunidad de vecinos y relegan la política a un mostrador en el que rellenar el modelo 303. Porque esto es elegir entre horca o guillotina. Y yo no solo no puedo hacerlo, sino que, además, me siento ofendido por el ofrecimiento. Mira, si me van a matar, que me maten. Pero no voy a elegir verdugo.

Hablo con amigos, con conocidos y hasta con desconocidos que me paran por la calle. Y todos dicen lo mismo, que esto es un horror, que el nivel es muy bajo y que estamos huérfanos. Y es que eso es lo que se percibe, un hartazgo general que empieza a no ser resignado sino activo, como si absteniéndose la gente sacara la dignidad y buscara preservar su nivel intelectual, su autoestima e hicieran un homenaje a las lecturas y experiencias que han conformado una expectativa vital decente.

Tengo la sensación de que el PP, cada día que pasa, pierde votos y no saben qué hacer para frenar la sangría. Creo que Tudanca no lo sabe aprovechar y no conecta ni con los suyos, por lo que no solo no crece, sino que también va a menos. Y me parece que, como no logren cambiar la dinámica y saquen un conejo de la chistera, la noche del 13F van a empezar a pedir explicaciones en público los que hoy critican a los suyos en privado. Y no solo aquí. Que Génova y Ferraz se vayan preparando para lo que se les viene encima.

(Esta columna se publicó originalmente en el ‘Diario de campaña’, de El Norte de Castilla, el 5 de febrero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).