Reconozco que me encanta Ismael Serrano, es uno de mis ‘guilty pleasures’. Cada poco miro su ‘web’ para ver cuándo toca en directo y plantarme allí para disfrutar como un podemita ante un dictadorzuelo centroamericano. La realidad es que dentro de todo hombre de derechas hay una pulsión atávica que le lleva hacia los cantautores comunistas, hacia Aute, Silvio o Sabina, hacia Serrat, Krahe o Milanés. Para entendernos y no dejarme a nadie, hacia todos esos amigos de Víctor Manuel y Ana Belén que se van de gira juntos cuando se les acaba la pasta. Que, la verdad, es un planazo, quién pudiera vivir de juntarse con los colegas e irse a cantar columnas extremando el ‘vibratto’ en teatros de Buenos Aires o México. En la derecha eso no es posible porque somos más individualistas. Y menos cursis. Y, qué narices, porque es mucho más resultón cantar a los abriles y a las auroras que a la estabilidad presupuestaria. Las cosas como son.

Pero es que tampoco pega, la derecha es una cosa más seria. Y mucho más aburrida. Y por eso resulta tan ridícula esta derecha ‘Ismael Serrano’ que ha surgido, este neorromanticismo de tuitero ‘echaopalante’. Es una derecha que se olvida de lo que importa, es decir, del dinero, de la economía y de la prosperidad para luchar las batallas que quiere la izquierda y con sus códigos. Pero sin su talento para victimizarse. Sobreactúan intensidad emocional, como un cantautor o como un marxista que se siente la clase perdedora. Solo que es falso, nuestro tuitero no ha perdido nada, va ganando y por mucho. Lo que pasa es que antes no veía a la izquierda diciendo chorradas y ahora, con internet, los ve a todas horas. ¡Pero es que están en su derecho! No sé si existe el derecho del progresismo tonto a hacer el ridículo, pero debería garantizarse. Nos viene muy bien visibilizar su gilipollez. 

Yo no tengo muy claro dónde acaba esa guerra cultural y empieza la guerra civil, pero tengo claro que no quiero librar ninguna batalla contra mis hermanos. Aún así, lo he hecho. Ayer cerré Twitter y noté cómo ganaba todas las batallas culturales, todas a la vez y todas por goleada: he ido a misa, he visto una procesión de la Virgen de Lourdes, he comido animales pequeños y sangrantes, probablemente de macrogranjas, he vendido y comprado acciones de la Bolsa de Nueva York, he leído a Panero y a Luis Rosales, he descansado en mi nada dudosa heterosexualidad, he cazado varios corzos y algunos conejillos, luego he contaminado con mi coche diésel mientras oía en la radio que vamos perdiendo la guerra cultural. Para reponerme del susto he ido a una corrida de toros en Valdemorillo, me he visto un concierto de Metallica, he echado un mus con unos pacharanes y ya por la tarde he visto jugar al Real Madrid, sin ‘jogo bonito’ ni nada. Mañana veré a los niños con su uniforme de colegio concertado y quizá mi madre me haga un cocido. Hay días en los que resulta asfixiante el yugo socialcomunista. Pero, para ir perdiendo, hoy solo me ha faltado ir a Cibeles.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 7 de febrero de 2022. Disponible haciendo clic aquí)