Cuando Mañueco decidió ir a elecciones, la vida era anticiclónica, fresca y azul. Es cierto que había un alto riesgo de una moción de censura por parte del PSOE y que, además, tenía muchas posibilidades de sacarla adelante, por lo que las elecciones parecían inevitables. Solo se trataba de elegir momento y relato. Acertó con el momento, pero se equivocó con el relato. Y ahí llegó la borrasca, el frío en los huesos y ese momento de la tarde en el que el cielo se pone rosa, el cuerpo deja de dar sombra y los sondeos se los lleva el viento. Nunca debió acusar de desleal a Igea, porque ese día dejó de ser percibido como alguien de fiar. Algunos escribimos del riesgo de la ‘justicia poética’: igual que en política se prima la valentía y la audacia, se suele castigar la mentira y el ventajismo.

Pero, sobre todo, se equivocaron con las expectativas. Al asegurar que estaban rozando la mayoría absoluta, se hicieron trampas al solitario, porque todo lo que no sea eso parecerá un fracaso. También avisamos que los opinadores de Madrid se estaban equivocando. Nos trataron con la condescendencia con la que Madrid trata a lo que no entiende, que es casi todo lo que sucede más allá de la M30. No es que las encuestas hayan mutado, sino que su análisis primigenio era fallido. No es la realidad la que ha cambiado. Solo que algunos han despertado.

Si a eso sumamos que Mañueco no transmite, que la campaña ha sido un desastre y que se han pasado la primera semana hablando de lo que Garzón y Vox querían, se llega al modo pánico en el que hoy desayunan aquellos a los que aún no se les haya cerrado el estómago. Una pista. Si quieres retener a los jóvenes, que al igual que el 80% de Castilla y León viven en ciudades, y además sabes que solo el 6% de la población se dedica a la agricultura, no tiene sentido focalizar la campaña en el campo a no ser que quieras que los chavales con carrera se hagan pastores. Rematamos con vídeos de políticos abrazando vacas y de señoritos de Madrid disfrazados del ‘señorito Iván’ y llegamos al ridículo y al temor de parte del electorado del PP y de Ciudadanos a que, con su voto, se pueda estar contribuyendo a un gobierno con Vox. En días como hoy todos nos preguntamos qué pensaría Gistau. Pero yo además me pregunto qué pensaría Delibes de estas escenitas. Para acabar, los debates han sido nefastos y luego la guinda de Ayuso, que solo sabe trabajar para sí misma y suelta unas declaraciones que no tienen otro sentido que hacer daño a Casado y que, de modo colateral, dejan a Mañueco al pie de los caballos. 

Y así llegamos al final de la campaña, con todas las posibilidades abiertas, incluida la que también advertimos algunos: un empate técnico de PP y PSOE en el entorno de los 30. No descarto si quiera una repetición electoral si PP y Vox no suman y el PSOE no es capaz de inventarse el dinero que no tenemos para repartir la miseria entre minipartidos provinciales. El último en llegar a un acuerdo con Tudanca sería el que tendría todo el poder. Todos quieren ser ese partido y no podemos descartar que a alguno le resulte apetecible seguir creciendo en unas nuevas elecciones para negociar con mejores cartas. Puede pasar cualquier cosa y, por si éramos pocos, llegan las lluvias, el frío y la nieve. Si Casado no lograra gobernar ni siquiera con Vox, sería su fin. Y si eso sucede, Sánchez irá a elecciones. La gobernabilidad de la cuarta economía de Europa depende de los votos de un señor de Soria. Vuelve el Señor Cayo. Y no saben cuánto me alegro.

(Esta columna se publicó originalmente en el ‘Diario de Campaña’ de El Norte de Castilla el 10 de febrero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).