Tengo escrito que el AVE mató la Seminci. Antes de la alta velocidad, no era difícil encontrarse por aquí a las estrellas de la época integradas en la noche, llenándolo todo de humo, glamour y golferío. Todo eso acabó desde que no se fuma y se pueden volver en una hora a Madrid para tomarse las copas en el Toni2 con Picalagartos y Madueño, que, en cuanto a lo del humo y el golferío, forman una especie de cuerpo de élite, los boinas verdes de la cosa. Lo mismo pasa con las elecciones. Un día de cierre de campaña, como hoy, en los 90 te habrías encontrado con dos docenas de políticos con la corbata en la cabeza haciendo el gesto de la victoria con una mano y el dedo índice de la otra simulando un bigotillo y diciendo «mireusté». 

No quiero ni imaginarme lo que habría pasado si estas elecciones, en las que todos los políticos del mundo están ya no en mi ciudad, sino en mi barrio, hubieran tenido lugar entonces. Algunos habrían renunciado al acta de modo preventivo. Pero todo ha cambiado mucho, ahora cualquier cosa es una cámara y nadie puede hacer el cafre a gusto. Hay más miedo a los móviles que en una reunión de Ciudadanos. Y, por eso, la traca final de hoy será una cosa moderadita y timorata, como unas convivencias de la parroquia, cambiando la noche canalla por unas medias lunas de foie gras. Y en vez de abandonar a la pareja y a los hijos para irse a disfrutar del aforamiento, se volverán a Madrid en el AVE de las 7:55. Y de ahí Uber y directos a Montecarmelo para llegar a tiempo de llevar al niño a futbito.

A todo esto, Yolanda Díaz ha estado en Castronuño, que es como ver a aquellas rubias de ‘Sensación de vivir’ de excursión en un polígono. Superfuerte, tía. Habrán flipado los del pueblo, claro, nunca han visto a tanto pijo junto. Yo he estado hace poco con Fernando Conde y ese pueblo es especial, es frontera de reinos y de denominaciones de origen. Se huele ya el campo charro y el Duero hace un meandro como un presagio. Y la bodega de Esteban Celemín, que es a la vez Mendel, Edison y Adriá y hace unos vinos de escándalo. Por allí había algún otro columnista que puede dar fe.

A lo que vamos. En Castronuño se ha reunido toda la extrema izquierda de la región y ni ha habido alerta anticomunista ni nada. Esta campaña ha quedado claro que en esta tierra somos tolerantes con los radicales. Yolanda ha dado un discurso en el parque de ‘La Muela’ que he tenido que escuchar tres veces porque no podía creérmelo. Cito literal. «Poco se ha hablado en esta campaña electoral de la importancia que tiene la automoción en Castilla León (sic). ¿Por qué Castilla León (sic) no tiene un proyecto industrial propio, autónomo, que dé todavía más posibilidades de vida a esos más de 35.000 trabajadores y trabajadoras que hoy están trabajando en la automoción en Castilla y León?». Pues porque nos dijo Pedro cuando lo de ‘2050: Una odisea en el espacio progre’ que quería crear nuevos impuestos al uso del vehículo, al combustible de los coches y cargarse la producción de los gasolina y diésel. Yo tiraría por ahí, Yolanda. De todas maneras, no sé si propone expropiar Renault, hacer una marca de automoción regional, tipo ‘Ribera del Rombo’ o se refiere a un proyecto político, no me queda claro, no soy capaz de entenderlo, no sé si es comunista o ultracapitalista, quizá Yolanda sea la vía china. Pero vamos, lo que me faltaba en esta campaña era escuchar a la compi de Garzón reivindicando el coche. Si se queda dos días más, estos reivindican hasta las macrogranjas.

(Esta columna se publicó originalmente en el ‘Diario de Campaña’ de El Norte de Castilla el 11 de febrero de 2022. Disponible haciendo clic aquí)