La Feria de Muestras estaba a reventar de simpatizantes del PP. En la Cúpula del Milenio no cabía un alma para acompañar a los líderes del PSOE. La plaza de San Pablo mostraba un lleno de ‘no hay billetes’ para ver el final de campaña de Vox. El patio del hotel Meliá Recoletos estaba repleto de votantes de Ciudadanos. El polideportivo de La Victoria, hasta la bandera de personas de Podemos e Izquierda Unida. Aquí estaban Casado y Ayuso. Feijóo y Mañueco, Pedro Sánchez, Tudanca, Patricia Gómez y Óscar Puente. Belarra, Montero, Monedero y Garzón. Pablo Fernández y María Sánchez. Arrimadas, Igea y Garicano. Abascal, Monasterio, Ortega-Smith y Olona. Espinosa y Buxadé. García-Gallardo y Fátima Pinacho. Todos iguales, todos con sus palmeros, sus familias y sus amigos. Valladolid era un mitin global, un acto político de principio a fin, una aglomeración de gente escuchando respetuosamente, una concentración inmensa de jóvenes con banderitas, de viejos con pines, de niños con globos. Yo vi las calles llenas de gente que aplaudía, de selfis con famosos, de mensajes sorpresa a los grupos de whatsapp. Y luego los bares, los restaurantes y los taxis. Todo con el mismo soniquete de la transición, la misma prosodia de político cansado, la misma cadencia circular. Uno no sabía donde empezaba uno y donde acababa otro.

¿Y saben por qué no lo sabía? Porque todas las personas que vi eran iguales. No es una manera de hablar, estuve mirándolas bien y puedo asegurar que todos eran humanos, todos tenían piel y huesos. Los he mirado a los ojos uno por uno y no he visto a uno mejor que otro, no he visto diferencias de ningún tipo, todos quieren lo mismo, aplauden por lo mismo, todos quieren a su país, a su región y a su provincia. Todos quieren lo mejor para sus hijos, todos recuerdan a los familiares que se fueron, todos tienen miedo por la noche, todos han sido felices de niños, todos quieren libertad, justicia y prosperidad, todos quieren avanzar y progresar, todos quieren mejorar las cosas, todos están seguros de que son los buenos, todos tienen el orgullo del que se sabe en el lado correcto. Todos prometen lo mismo y lo hacen porque lo creen de verdad. Todos tienen buenas intenciones, todos están seguros de que pueden aportar, ayudar, arrimar el hombro. Todos creen que el resto son idiotas y, en ese punto, es posible que todos tengan razón. Pero todos lloran, ríen y sufren. Todos abrazan a sus compañeros, todos se sienten orgullosos del trabajo que han venido haciendo. Todos aplauden a la nada y saludan a gente imaginaria del fondo. Todos se sienten maltratados por la prensa. Todos tienen las mismas ojeras, la misma mascarilla gastada, el mismo frío en la nariz. Todos han dejado a los niños en casa, todos tienen las mismas ganas de llegar a besarlos en la frente. Todos tienen el mismo sentimiento de culpa. Las mismas miradas a los móviles, el mismo miedo a la muerte. Los mismos tumbos, los mismos errores, las mismas esperanzas. Las mismas dudas, los mismos aplausos y en los mismos momentos. Todos quieren lo mismo, unos lo buscan con más luz, otros con más sombra. Cada uno con sus fantasmas y sus miserias. Pero no hay más, eso es todo. Somos los mismos, no tengan duda. Lamento si he sido demasiado duro estos días. Pero los he mirado de cerca y les doy mi palabra de que todos somos iguales. Así que, como dice Bunbury: no me preguntes si tenemos algo en común. Y si no tienes claro esto, si te crees mejor o diferente al de enfrente, me temo que el que tiene un problema eres tú.

(Esta columna se publicó originalmente en el ‘Diario de Campaña’ de El Norte de Castilla el 13 de febrero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).