Para una persona de mi edad un CD es tecnología. Para nuestros hijos no, porque ellos escuchan la música en ‘streaming’. Pero, sobre todo, porque no los han visto surgir. Los humanos consideramos que algo es tecnología solo si hemos nacido antes. Como yo he nacido antes que los CD, los considero tecnología. Es un asunto evolutivo, de lo que consideras la base y de lo que se va añadiendo después, como lapas superpuestas a la roca. Por eso, para los jóvenes, un vinilo tiene interés: aunque estaba superado, lo han visto ‘renacer’ y ya es tecnología de nuevo. Es moderno.

De modo análogo, para mi generación, la derecha es un espacio difuso y poco dogmático que podríamos definir a través de la defensa del orden constitucional, la monarquía parlamentaria, las instituciones del Estado, la separación de poderes, la unidad de España, la libertad como aspiración -en contraposición a la esclavitud del comunismo del otro lado del muro-, el individualismo frente al colectivismo y la identificación con una tradición que bebe de los valores occidentales, grecolatinos, judeocristianos y del humanismo. Es decir, Europa. Y, sobre todo, se define en lo económico, en la defensa de la economía de mercado, del capitalismo, de la propiedad privada, de la iniciativa empresarial, de una política fiscal contenida y del equilibrio presupuestario. Y todo ello desde una postura conservadora, entendiendo lo conservador como lo moderado, lo sensato, lo racional, lo maduro y lo estable.

Frente a esta manera de entender la derecha surge otra totalmente diferente, la ‘derecha alternativa’, que da por superados estos marcos legalistas y economicistas, para entrar de lleno en lo identitario. Ya no se centran en mejorar las condiciones materiales sino las posmateriales, invirtiendo la pirámide de Maslow. No se trata de lo que una persona ‘tiene’ o ‘quiere’ sino de lo que una persona ‘es’, y lo que ‘es’ se entiende en lo colectivo, en la identidad. Por eso, la derecha alternativa centra sus políticas en asuntos de género, de inmigración, de orientación sexual, en discursos antiglobalistas, autárquicos, nacionalistas, en la oposición al multilateralismo, a la agenda feminista o ecologista. En el caso de España, además, lo define su cuestionamiento de la Constitución en cuanto al modelo de organización del Estado, a la libertad política -piden ilegalizar a partidos comunistas e independentistas-, a la libertad religiosa -su actitud ante el islam y las mezquitas- y al principio de igualdad de los españoles ante la ley -la primacía de los españoles de origen frente a los nacionalizados-.

Es decir, la derecha alternativa no surge como oposición a la izquierda, sino a la derecha clásica, que ya no sería capaz de entender las frustraciones de la sociedad posmoderna ni de articular una propuesta ganadora en esta era posmaterialista. Trabajan el mismo ‘insight’ que la izquierda: el rencor. Y lo resuelven del mismo modo que un marxista: sintiéndose la clase oprimida frente a la supuesta opresora (globalismo, progresismo, prensa). 

Para los que hemos nacido en otra época, esa derecha es ‘alternativa’ porque, al igual que la tecnología, la hemos visto nacer. Sin embargo, para una persona joven, la ‘derecha alternativa’ es simplemente ‘la derecha’, es decir, no es alternativa a nada, es la derecha que conocen, es lo que consideran derecha. Y esto llega al punto de tildar a la derecha ortodoxa de ‘cobarde’, de ‘progre’ o incluso, directamente, de izquierda.

Para quien conozca el siglo XX, las posiciones de la derecha alternativa tienen cierto olor a pasado. Pero no debemos confundirnos en los términos: la derecha alternativa -Vox en España- es hija de la modernidad, fruto de ella, signo de la adaptación a los tiempos; es un movimiento joven, nuevo, una propuesta innovadora y con mucho futuro. Pese a tener aires reaccionarios, esta derecha vuelve a debates que la derecha clásica da por resueltos y, por tanto, se perciben como algo diferente. Y para quienes no los conozcan, también como nuevos. Como el vinilo. Para nosotros es tecnología, los hemos visto nacer. Para un joven es lo estándar, es el ‘streaming’. Y, frente a lo que pueda parecer, no son conservadores, en absoluto engarza con los valores clásicos del conservadurismo. Lo conservador es la derecha clásica. Vox es su némesis, lo revolucionario -en ciertos aspectos incluso antisistema- y es la apuesta radical de la modernidad, aunque se nutra de conceptos antiguos.

Porque ‘modernidad’ no es lo mismo que ‘progreso’, ni ‘progreso’ es lo mismo que ‘futuro’. Del mismo modo que ‘antiguo’ no es lo mismo que ‘conservador’, ni ‘conservador’ es lo mismo que ‘pasado’. El progreso no es opcional, no se puede elegir, solo existen instantes que se suceden. Y ya hemos partido. El progreso es inevitable, hagamos lo que hagamos estamos progresando. Lo que sucede es que hay una manera de progresar ‘progre’ y una manera de progresar basada en otros principios. Es decir, lo que diferencia a unos y a otros no es ‘progreso sí’ o ‘progreso no’, sino, solamente, cómo queremos que sea ese progreso. La derecha alternativa es moderna, como lo es Podemos, aunque ambos traigan ideas fracasadas del pasado. Pero los jóvenes no las conocen, como no conocían los vinilos. Todos somos hijos de nuestro tiempo. Por eso, pese a que alguien del PSOE piense que está con el ‘progreso’, se encuentra muy lejos de la modernidad que sí encarna Vox. El progreso no está en el futuro ni el pasado, no está en lo moderno ni en lo antiguo: el progreso son unos valores. Cuando llegaron los bárbaros, los romanos veían los valores del progreso en el pasado. Con Vox sucede lo contrario: aunque se identifique con lo conservador, su propuesta de modernidad es una enmienda a la totalidad de la herencia.

La tecnología se podría definir como la aplicación de un conjunto de conocimientos para desarrollar una idea con el fin de satisfacer necesidades del ser humano. Quizá la política sea un concepto afín. Y, al estar tan ligado al concepto de generación, es solo cuestión de tiempo que la derecha alternativa se convierta en la ‘tecnología’ hegemónica, en lo estándar, en la nueva derecha clásica. Y entonces, la derecha clásica, tradicionalmente unida a un concepto de orden y a lo económico, dejará de ser incumbente, porque sus logros se dan por descontados. Sin muros, el concepto de derecha se diluye en el concepto de ‘zeitgeist’, en el espíritu del tiempo.

Los jóvenes no entienden el progreso económico y las libertades individuales como fruto de la democracia liberal y del capitalismo -es decir, de la derecha-, sino solo como fruto de la historia, una herencia tan impersonal como la catedral de Burgos. Y ante esa realidad, la derecha alternativa, en vez de limitarse a proteger lo conseguido como haría un conservador, sigue aplicando ideología, porque lo que hay no les basta para su verdadera pretensión, que es la autorrealización. En eso se parecen al comunismo: la política como proyecto de salvación. Nos puede gustar más o menos, pero el futuro es de la derecha alternativa. No son nostálgicos, son visionarios que han roto con lo conservador para proponer un tipo de sociedad radicalmente nueva. Tanto que, a algunos, nos parece obsoleta.

(Esta Tercera de ABC se publicó el 16 de marzo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).