Al final la nueva política era como la vieja, pero con mascarillas. El pueblo se aburría de tanta transición, tanto abogado del Estado y tanta esgrima y pedía a gritos navajeros, gladiadores y su dosis diaria de populismo, como yonquis del odio. El infierno está lleno de plegarias atendidas y así llegaron las redes, los debates en ‘prime time’ y los políticos jóvenes, guapetes e insustanciales. Y el votante se convirtió en un adolescente hormonado y quiso cambiar a personas serias, aburridas y con el trasero pelado de gestionar consejerías, diputaciones y secretarías de Estado para poner en su lugar a chavalillos sin experiencia, formación humana ni fracaso. Porque el éxito está bien, no está mal, pero es una fábrica

 de gilipollas, sobre todo si el éxito es pequeño y la autoestima es grande. De un fracaso se puede salir. Pero de un éxito antes de tiempo no se sale jamás. Corres el riesgo de creerte diferente, especial, incluso mejor. Y en realidad eres la misma mierda, claro, un cúmulo de frustraciones, aspiraciones y cicatrices. Lo importante es el fracaso, las arrugas del estilo, la hipotensión arterial. Porque ese fracaso -esa experiencia- es lo único exigible al que aspire a dirigir algo. Lo primero debe ser fracasar. El fracaso te pone a prueba, viene a quitarte el olor a nuevo y los brillos de la cara y el discurso. Y, sobre todo, sirve para no hacer el ridículo diciendo tonterías acerca del éxito, de lo malos que son los otros, de lo buenos que son los nuestros. Yo tengo la suerte de no haber sido nunca de los nuestros. Y menos aún de los buenos. Quizá, por eso, nunca he tenido demasiada fe en nada. Especialmente en los niñatos. 

Todo comenzó con Iglesias y Rivera. Tenían en común muchas cosas, sobre todo un destino irrelevante. Porque el pueblo te puede perdonar casi todo, pero jamás te perdonará que le hagas caso. Con la obsesión por rejuvenecerlo todo llegaron Sánchez, Casado, Ayuso y Arrimadas, que son la segunda promoción de niñatos. No eran tan apasionados como la primera, pero, en cambio, eran más desleales y osados. Y llegaron el relato y las primarias, conceptos que, combinados, logran que una minoría sectaria y fanatizada sea la que elija en primera ronda, como si esto fuera un ‘reality show’. Nosotros, el pueblo, elegimos de entre lo que otros han elegido previamente. Y siempre gana el peor, sin excepción. Igual que a un defensa central solo le pido que sea feo, peludo y violento, a un político solo le pido que sea aburrido, sensato y desapasionado. Que esté curado de utopías, que sea descreído, que no tenga demasiada fe en nada. Y esos no ganan primarias ni debates. Hemos visto de lo que son capaces los niñatos, ayer los del PP rindieron homenaje a Pedro el día que voló Ferraz. Solo que con charranes. Ninguno ha demostrado preparación humana, sentido de la responsabilidad ni amor a su país. Han fracasado. Pero «no todo fue naufragar»: ayer terminó su era. Es el fin de los niñatos. Y calienta, Feijóo. Que sales.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 18 de febrero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).