La primera guerra de los niñatos fue la de Iglesias contra Errejón. Después vino la segunda, Génova contra Sol. El día antes escribí una columna titulada ‘El sanchismo está muerto’ que no llegué a enviar porque me entró la risa. Entre tanto Mortadelo y tanta Evita llegué a pensar que habían logrado resucitar al muerto, pero nada, falsa alarma, ni siquiera el homenaje de Nuevas Generaciones a ‘Melrose Place’ ha sido capaz de levantar al PSOE y la crisis de Ucrania viene para recordarnos que el sanchismo agoniza. Que los resultados del PP en Castilla y León fueran mediocres no debe ocultar que los del PSOE fueran lamentables. No nos dio tiempo a mandar al socialismo al rincón de pensar, se libraron de esa a nivel mediático y ya es tarde para intentarlo, pero la realidad es que el fracaso de Sánchez en Castilla y León solo sigue la senda de los fracasos en Madrid, en Galicia y en la noche de las mociones rotas. El PSOE se tambalea y Sánchez es un lastre.

Pero no solo el PSOE tiene problemas: el conglomerado podemita está explotando en trocitos rojos y morados, como una piñata llena de confeti triste. El socialyolandismo no arranca y la coalición es una farsa tensa, como esos matrimonios que comparten tristeza y abogado. Por si fuera poco, se están equivocando con su ‘No a la guerra’. Cuando Irak funcionó porque el pueblo español tiende a ponerse de parte del débil, pero este ‘No a la guerra’ transmite lo contrario que entonces, es decir, que niegan la ayuda al débil y se ponen de parte del invasor. Así, donde ellos ven ‘No a la guerra’, España entiende ‘Sí a Putin’, es decir, ‘Sí a la guerra’. Y me temo que la manifestación del 8-M, ya pasando del todo del feminismo y dedicándose a defender lo indefendible, será el final de un proyecto. 

El 8-M es algo instrumental, un medio para convocar a unos cuantos miles de personas y ponerlas detrás de la pancarta que toque, la de negar el capitalismo, la de negar el Covid o la de negar la ayuda a Ucrania. El día ha perdido definitivamente el sentido y ya es solo un problema para la izquierda, el día de la división, de la soflama de parvulario y la apoteosis de la vergüenza ajena. Esa foto de ‘Sí a Putin’ será el comienzo del fin.

Y en este escenario, el PP sale muy reforzado y con motivos para el optimismo. Ante una izquierda con problemas serios, Feijóo abre una autopista desde la derecha clásica hasta la socialdemocracia y Vox sigue creciendo en el espacio de la derecha alternativa y de los jóvenes. Son proyectos que atacan segmentos diferentes con marcas complementarias, porque, separados, cubren todo su mercado, que es la máxima eficiencia. Queda por ver si se entenderán en el caso de sumar, pero para eso queda mucho y ahora deberían centrarse en crecer por separado. Y en comprar palomitas. Me temo que, de seguir así, no tardaremos en asistir a la tercera guerra de los niñatos. Y reconozco que promete: la versión sociata suele ser la más sofisticada. Ojalá en Ferraz esta vez se curren un musical.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 7 de marzo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).