Los votantes de Vox merecen exactamente el mismo respeto que los del PSOE o los del PP. Son la tercera fuerza política del país, en Valladolid los ha votado una de cada cinco personas y resulta evidente que una de cada cinco personas de mi ciudad no puede ser neonazi, ni fascista ni el mismo demonio, como ese señor de la canción de Cecilia, el del ramito de violetas. Los que votan a Vox son nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, gente como el resto, con las ideas que les da la gana tener y que no tienen por qué justificar. ¿O pedimos explicaciones a un socialista? Ni los de Vox son mejores –como ellos piensan de sí mismos–, ni son peores –como piensan los de enfrente–. 

Se puede estar más o menos de acuerdo con sus ideas, incluso se puede estar de acuerdo con algunas y en desacuerdo con otras, como es el caso de la mayor parte de sus propios votantes y de cualquier persona sana ante cualquier propuesta política. Solo un loco compra un programa al completo. Pero, aun así, el respeto personal debe estar fuera de toda duda, tanto a ellos como a todos los demás. Se puede poner limites a los pactos, se pueden excluir puntos del programa, pero no puede tolerarse un ‘apartheid’ hacia un grupo de personas en función de sus ideas porque resultaría igual de repugnante y de delictivo que hacerlo en función de su sexo, religión u orientación sexual. 

Asunto diferente son sus dirigentes, algunos de los cuales son muy respetables, otros menos y otros absolutamente nada, exactamente igual que los de todos los partidos, empezando por el que nos gobierna. Y en Vox se tendrán que acostumbrar a que un político se expone a la critica y que lo haremos cuando nos parezca oportuno, como hacemos con los demás. Ni todo el que les critica es un peligroso bolchevique, ni cada reproche es una conspiración del globalismo contra ellos ni la gente recibe indicaciones de las elites ‘woke’ los lunes por la mañana. 

Cuando yo soy crítico con Vox o con Podemos lo soy porque me da la gana, igual que con el resto. No hay que dar explicaciones, pero está bien aclarar que nunca es ‘ad hominem’ y que, como todo el mundo, tengo buenos amigos de todas las ideologías. Pero creo que todos, empezando por mí, deberíamos salir de este elitismo intelectual y aceptar que esto es lo que quiere el pueblo y que, igual que nos costó aceptar que el pueblo votó a Podemos, ahora toca aceptar que el pueblo ha votado a Vox. 

Aceptamos hasta que vote a Sánchez y no será fácil caer más bajo que eso. Pero hay que aceptar que el sujeto de soberanía no es el intelectual sino el pueblo. Yo solo lo he comprendido con el tiempo, pero un partido no puede ir por delante del pueblo poniendo en duda los resultados o deslegitimando a los representantes electos. O al menos no debe. Ir por delante del pueblo es despreciar al pueblo y de ahí al totalitarismo hay un paso. Esa es la paradoja del populismo, que para librarnos del él corremos el riesgo de convertimos en él.

Personalmente no me gusta que el PP pacte con Vox ni que el PSOE pacte con Podemos, pero me temo que estos son los tiempos que tenemos y no queda otra. Si el PSOE nunca lo hubiera hecho, podríamos poner el grito en el cielo, pero si estamos donde estamos es precisamente por las decisiones de Sánchez, esta es su gran obra, este es el resultado de su traición al hacer exactamente lo contrario de lo que prometió. Quien pacta con Podemos, con Bildu, con ERC e indulta a golpistas solo puede callar y pedir perdón por las consecuencias de su irresponsabilidad. Y a todos los que estamos en el medio de este sándwich populista, solo nos queda la aspiración de tender puentes por el bien común. La realidad es que, si el sándwich se quema, nos quemamos todos con él.

(Esta columna se publicó en El Norte de Castilla el 10 de marzo de 2022. Disponible haciendo clic aquí)