Desde que no hay profesionales en los bares, uno pide las copas como si fueran cocaína. Miro a los lados con movimientos nerviosos, como de ave, y cuando por fin me aseguro de que no hay nadie cerca y recojo el valor, me acerco a la barra muy despacio y pido el tercer gin tonic pero en bajito, con la mano en la boca, como Modric hablando con Casemiro. Y pido a Dios que me pixele a mí la cara o al camarero los recuerdos, una de las dos cosas, la que sea más rápida, porque no sabes exactamente qué es, pero hay algo en ese ambiente que te hace sentir que lo que estás haciendo no está bien y uno tiene madre, hija y una mala imagen que conservar. Y te embarga la duda y la culpa, una culpa judeocristiana y nostálgica, como de canción de Sabina del 88, de cuando ‘El hombre del traje gris’ o así. Antes apenas servía una mirada, un levantamiento de cejas como de llevar duples altos y un leve asentimiento para que el camarero, solícito, comenzara a poner la copa como un grial visigodo y canalla. Te ponía las que hiciera falta y luego una cuenta rápida, sin entrar en detalles, reproches ni decimales. Y aquí paz y después gloria. Porque la realidad es que el señor del otro lado la barra se había bebido más botellas de Gordon’s que tú de agua mineral y sabía lo que había. Un profesional de los de muchas camisas y pocas palabras. ‘Uno di noi’.

Todo se fue a la mierda cuando el camarero dejó de ser un señor con úlcera gástrica y pasó a ser una estudiante de nutrición y dietética. Le haces lo de los duples altos y te responde levantando los hombros como si tuviera treinta al punto, que en realidad viene a significar que qué dices, que no te ha entendido. Y te acercas, claro, y pides la copa de modo explícito, rotundo, -«o-tro-gin-to-nic»-, abriendo la bocaza como el logopeda de Ferran Adrià. Y te la pone, pero preocupada por tus transaminasas, torciendo el morro con ese candor angelical que tienen las camareras cuando no están seguras de tu nivel de triglicéridos. A ver, que yo no pido ‘endorsement’, ni siquiera respeto: solo pido una copa y cierta complicidad, un guiño como de treinta y una de mano, pero metafórico. No hace falta amabilidad, pero hombre, tampoco me hagas sentir culpable, no hace falta que me mires preguntándote qué hace un ‘boomer’ como yo en un sitio como este o que me transmitas tu estupor porque no esté en la cama leyendo a Julia Navarro. No es necesario que me dejes claro que debería pedir algo sin gas, azúcar ni alcohol, incluso óptimamente algo que cure, porque para eso salgo con una cantimplora y me ventilo un sobre de Frenadol. Ya no pido que los camareros sean duros, certeros y silenciosos como mercenarios serbios, pero creo que poner a monitores de zumba abstemios y dietistas veganas a poner bebidas que no comprendo en bares que parecen gimnasios es pasarse. Sé que la noche no es sana y que además es muy cara, pero mucho más caro sería tener que quedarme en casa con la luz encendida. Así que tráteme bien. Por caridad.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 11 de marzo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).