Si hay un cuerpo de funcionarios que pueda presumir de una especial preparación ese es el diplomático. Pese a lo que puedan creer los muchachos del bar mientras se enfrentan al pánico a que se acabe la Mahou acelerando el proceso, no se accede a la carrera diplomática porque se tenga un cuñado dentro. Hace falta expediente, determinación y brillantez. El esfuerzo se presupone, claro, pero para lo realmente importante en la vida, el esfuerzo es insuficiente. Puedes esforzarte todo lo que quieras en torear bien o en enamorar a una mujer, que te va a dar igual. O lo tienes o no lo tienes. Esto es lo mismo y, si no eres brillante intelectual y académicamente y además tienes la resistencia mental del que hace un maratón al día, te va a dar igual lo que te esfuerces: no vas a llegar a embajador. Y si a lo anterior no le unimos una enorme experiencia, no llegas a asesorar al presidente. Por lo tanto, hemos de concluir que la carta al rey Mohamed no ha pasado más filtro que el de su Instagram. Eso no puede salir de Exteriores, no hay un solo diplomático con esa manera de expresarse tan de becario abrumado por el encargo. Eso ha de salir de su propio gabinete, de ese ejército de pelotas que tiene en La Moncloa Narciso Sánchez, este Chicho Terremoto de Tetuán.

¿Y qué significa esto? Pues que, en un momento histórico como este, Sánchez necesita que le veamos en el grupo de líderes internacionales, sentado en esa mesa de la que le echaron a patadas. Vamos, que necesita que Biden le tenga en cuenta y le invite a Yalta II, cuando se produzca. Para ello no solo se le obliga a romper con Podemos y otras ‘frankenstéinicas’ criaturas sino, además, una prueba de lealtad. Esa prueba sería Marruecos. «Eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi amnesia. Tú hazte una foto con Mohamed VI, que es nuestro aliado y no queremos otro conflicto por el sur ahora y menos aún al terrorismo islamista uniéndose a la fiesta. Arreglad las cosas y trátale como al aliado de la OTAN que es. Y luego ya veremos».

Dicho y hecho. Pedro necesita sentarse con Mohamed, pero este impone un gesto con el Sahara. «Pero por escrito, Pedro, que nos conocemos». Pedro, piensa que lo del Sahara es asumible porque no le importa a nadie y pide a un Cyrano de confianza que escriba esa carta sin que se entere Albares. Puede que incluso salga de Rabat. Y ya está, eso es todo, no hay más objetivo que su ego ni más estrategia que su olfato. Para él, esto no es un asunto de Estado sino marca personal, apenas un medio para ganarse el pan cuando pierda el gobierno contra Feijóo y Abascal y se sienta tan humillado que decida irse de España camino de Bruselas, de la OTAN, de la ONU o de cualquier otro lugar que suene a ascenso en lugar de a derrota. Eso pasa por Biden. Así que lo del Sahara, que se lo coma el que llegue detrás. Sabemos que todo buen Narciso termina por ahogarse en su reflejo, pero nunca pensé que pudiera ahogarse en un espejismo. Y resulta, Pedro, que el desierto estaba lleno de ellos.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 25 de marzo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).