Yo recuerdo la noche de Valladolid llena, y cuando digo llena quiero decir llena, no medio llena, no un poco llena, no bastante llena sino totalmente llena, llena a reventar, con cientos de bares abiertos, cientos de personas dentro y cientos de personas en la puerta, esperando para entrar, para salir, esperando a que pasara algo que lo cambiara todo, siempre con media cerveza en una mano y la ilusión al cuadrado amarrada en la otra, entrelazada entre los dedos y pasando las horas largas, las noches lentas, los amores rápidos y la música, la música en el centro de todo, girando a nuestro alrededor como una cámara circular y acelerada que destrozaba los tímpanos y las expectativas, que se quedaron tocadas para siempre desde entonces y ahora cada noche es la nochebuena de un expresidiario. 

Aquello fue insuperable y nada de lo que pase podrá igualarlo, nada volverá a ser lo mismo, nunca disfrutaremos tanto y nada nos podrá llenar desde que la vida ha pasado de ser un ‘rock and roll’ a ser un descafeinado de cafetera con la leche templada. A la gente más joven les intento explicar cómo era la noche de esta ciudad hace no tanto, pero no me creen, creo que les llega como la fábula de un viejo nostálgico, de un ‘boomer’ en crisis. Lo de viejo puede ser, pero lo de ‘en crisis’ ni de coña, estamos para debutar con picadores. Y, de cualquier modo, lo de la noche es rigurosamente cierto y ustedes lo han visto, aun recuerdan la calle Paraíso como una peregrinación a La Meca en la que los coches no podían ni pasar, una calle tomada por la diversión de principio a fin como la Estafeta de Pamplona en el día de San Fermín, pero cada sábado. Y de ahí todos al ‘Portu’, un ‘Portu’ igual de repleto, como una continuidad natural de lo anterior, con La Antigua entera atestada de bares y de gente cantando, fumando y riendo. 

Al día siguiente el pelo y la camisa olían a cenicero y, ahora que lo pienso, es probable que lo fueran. Y la sidrería adosada a la Catedral y Manolo Trujillo tocando la guitarra en el balcón de encima del ‘Vavi’ como si fuera a terminar el mundo esa misma noche. Aún no descarto del todo que así fuera. Y, en el otro lateral, el ‘Berlín’, como un planeta con centro gravitacional propio alrededor del cual orbitamos los demás como satélites, haciendo los movimientos de rotación, de traslación e incluso de bilocación sin levantar la espalda de la propia Catedral, sentados como jornaleros de la noche en una grada que nos permitía ver la vida pasar, ajustada como media verónica. Y Cantarranas hasta arriba, sin un hueco libre, con la gente sentada por el suelo y esa farola como eje de un compás que hacía círculos concéntricos, como una piedra que rebotaba en el río, como la luna escapando de los charcos de luz fría. 

Y Michel en ‘El Viti’ mirando a la noche de reojo, como desconfiando del pasado y del futuro, desconfiando de todo menos de nosotros, que hacíamos méritos para no parecer de fiar en el otro lado de la barra, como un coro de borrachos felices, como un orfeón de cuentas mal hechas y de botes que nunca terminaban. Recuerdo todos los bares de Cantarranas llenos de humo, de gente y de sudor, pero un sudor de alegría y esperanza, que es lo contrario del sudor de clase de pádel y del contador de pulsaciones. Si llegamos a tener contador de pulsaciones en esas noches, hubiera llegado la ambulancia y nos habrían sedado de modo preventivo, como un coma inducido que nos llevara dormidos hasta la década siguiente. No había límite de hora, ni de edad ni de decibelios. Por no haber, no había ni móviles y fueron los últimos años de aquella España feliz, de aquella España en construcción, sin redes, cadenas ni argollas.

Y directos a San Miguel, que empezaba en la calle León y terminaba en donde quisieras, porque todas las zonas se unían y, en realidad, todo Valladolid era una concentración inmensa de gente cantando canciones de Loquillo. A una chica le dije una vez muy serio que «abrirás una revista y me encontrarás a mí». Me miró como se mira a un fox terrier. Pero aquí estoy –«uh uh, uh uh, nena. Te lo dije»-. Éramos muchos y más importante aún: estábamos todos. Y quien pase hoy por la calle Doctor Cazalla no puede imaginarse lo que aquello fue ni aunque lo intentara con todas sus fuerzas. 

Es simplemente imposible. Creen que lo de ‘lleno’ es una manera de hablar, una exageración, una licencia poética, pero no, no lo era. Y las calles adyacentes se movían como patas de pulpo y todos los jueves eran nocheviejas y todos los sábados eran sábados de ferias y todos los sábados de ferias eran viernes de enero. Porque, por entonces, las ferias eran para aficionados. Los profesionales, las despreciaban. Y el viento de San Mateo y la cazadora vaquera mojada por la lluvia de los noventa.

Y así llegabas a Coca que era más de lo mismo, una manifestación de alegría desbordada y niñas monas. «Adoro a las pijas de mi ciudad». Pero si algo es increíble y para entenderlo necesita de un salto de fe que ni Kierkegaard, eso es ‘El Cuadro’. Nadie que no haya vivido aquello puede sospechar que, un día, esa fue la zona más divertida de Valladolid, el epicentro del terremoto, la zona cero de una generación, con Desván, Charlot, Mario’s, Carcasonne, Ascot, Saloon y La Candelaria por el lado bien, el del pop y la rumbita. Y Paco, el Refugio, Camarote y la Vieja Cervecería por el otro, el del rock y el grunge, lo oscuro y lo electrónico. Qué lado ibas a elegir dependía de quién quisieras ser esa noche. Y lo mejor es que podías, todos los disfraces son de quita y pon. Sobre todo, el disfraz de ti mismo, que es el que nadie se creerá jamás. 

El otro día pasé por allí y supongo que mi sensación no sería muy diferente a la de quien encuentra una Villa Romana bajo un campo de cereal o el que se topa con las ruinas de Pompeya bajo la lava del Vesubio. Hay que hacer un ejercicio de fe, hay que empacharse de esas frutas que son buenas para la memoria -y de cuyo nombre nunca me acuerdo- para creerse que aquello fue el escándalo que sabemos que fue, aunque hagamos como que no ha pasado nada. Pero yo lo he visto y ustedes también. Sabemos lo que fue ese Valladolid. Y de aquellos polvos, estos lodos. Fuimos felices una vez. Y me temo que hoy no todos pueden decir lo mismo.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 27 de marzo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).