Mientras mi hija pasa la jornada escolar atada a una mascarilla, Sánchez diserta sin ella en espacios cerrados y llenos de personas. Mientras mi hija es obligada cada día a obstruir sus vías respiratorias en contra de toda evidencia científica, Sánchez se pasea por los interiores de Europa sin rastro de mascarilla, mostrando esa sonrisa triste, táctica y bruxista. Pedro besa a Macron, abraza al que se lo pide y se fotografía a cara descubierta hasta con el camarero. Ahí lo vemos en la esquinita de la historia, en el mismo borde, a punto de caer al olvido con su cara de Antonio. No le veo la mascarilla. Y no la veo porque no la lleva. Y no la lleva porque sabe que no hace falta. Pero, mientras tanto, obliga a mi hija a taparse la boca con ese velo de tela, ese receptáculo de suciedad, bacterias y servilismo para que la sociedad tenga claro que él manda y el resto somos solo vasallos genuflexos sometidos en silencio a la superstición y al abuso.

Mi hija intenta aprender a pronunciar francés sin ver la boca de la profesora. En julio va a hacer doce. Tenía nueve cuando empezó la pandemia. Desde entonces, crece con la boca tapada mientras le insuflan impunemente pánico. Pero a Pedro le da igual, los niños no votan y no hay periodistas en las aulas. Por eso el virus no contagia en las ruedas de prensa ni en las cumbres europeas ni en los platós de televisión. Solo en las aulas.

Mientras se pone en riesgo la estabilidad psicológica de los menores, Carolina Darias posa sin mascarilla en interiores cada semana. No está sola: este domingo en Bulgaria, capital Sevilla, Feijóo será elegido presidente del PP en un pabellón cerrado con miles de personas. Mientras tanto, en Galicia mantiene el límite de comensales a diez personas en el interior de los establecimientos y a veinte en el exterior. El virus solo contagia si hay mantel o prensa. O si es Galicia. O si hay menores. En sus congresos, el limite de Feijóo tiende a infinito. Como su poca vergüenza. 

Alonso de Frutos nos recuerda que los niños del Reino Unido, Irlanda, Suecia, Noruega, Francia, Bélgica, Alemania, Andorra, Polonia, Luxemburgo, Holanda, Finlandia, Dinamarca, Rumania y Hungría han ido hoy al colegio sin mascarillas. En EE.UU. ningún Estado mantiene la obligatoriedad de mascarilla en interiores. Pero los niños de España tienen peor suerte y viven en un Estado que los maltrata mientras sus padres callan. He perdido la esperanza en que mis compatriotas se rebelen. Somos un pueblo muerto y supersticioso. Jamás pensé que esto fuera posible y si me lo llegan a jurar, no lo hubiera creído. La realidad es que ni siquiera hemos sido capaces de proteger la salud de nuestros hijos frente al delirio del juego político. Pueden hacer ya con nosotros lo que quieran. Esta semana se vuelve a votar y, aunque me quede solo, no voy a olvidar el nombre de todos los que voten mantener a España aislada en la oscuridad medieval, a nuestros hijos en el borde de la locura y a Sánchez en el borde de la foto.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 28 de marzo de 2022. Disponible haciendo clic aquí)