Cuando hay muchas ganas de algo se nota tanto que de nada sirve poner esa cara de normalidad que ensayas frente al espejo. La expectación no se puede ocultar y es evidente que hay ganas. Se percibe el ansia, la premura excesiva en los horarios, la precipitación de una ciudad que se echa a la calle antes de tiempo, la gente que llena ‘El Minuto’ y da vueltas por el entorno de la Catedral horas antes de que dé comienzo la procesión porque se le cae la casa encima. Y los guiris asombrados con La Antigua y los trajes imposibles y las corbatas innombrables. Ayer Valladolid estaba a reventar, el tiempo acompañaba, las calles eran pasarelas y las aceras gradas desde las que la ciudad quiso acompañar a los chavales en esa fiesta de la alegría que es el Domingo de Ramos. Yo vi a padres con sus hijos, a abuelos con sus nietos, a padrinos con sus ahijados y a decenas de vallisoletanos residentes en Madrid de vuelta en casa, todos estrenando, todos con sus palmas y con las sonrisas abiertas del que vuelve a su infancia. Estamos todos. 

Y hay ambiente. Yo estuve brujuleando desde primera hora por las calles más céntricas y, después de haberlo visto todo, me fui con la sensación de que quizá la gente respondió mejor que las cofradías. Entiéndanme, no subyace ningún reproche en mis palabras, pero sí tengo la sensación de que había menos cofrades infantiles que otros años, de que muchos se han caído de la convocatoria y que quizá cueste recuperarlos. O simplemente quizá lo que sucede es que los que hace tres años eran muy niños se han hecho mayores y no ha habido relevo, savia nueva, incorporaciones en el mercado de invierno. Se echan en falta esas estampas de niños realmente pequeños, de esos cofrades con chupete tan típicos otros años. Y se entiende, claro, a ver quien es el padre o la madre que accede al chantaje de que su hijo se ponga obligatoriamente una mascarilla en exteriores para agradar a los cuatro locos que mandan. Por ello, confío en que, en los próximos años, ya sin amuletos de tela sagrada en la boca, se recupere el número de pequeños porque ellos son el futuro y la esperanza de nuestra Semana Santa. Y sin ellos no hay nada. De cualquier modo, mucha gente, el entorno de Platerías a reventar y retrasos generalizados de vuelta a las sedes, lo que conlleva demoras encadenadas y un catálogo de escenas de restaurantes con mesas enormes esperando a cofrades que no llegan. Y el arroz amenazando con pasarse y el verdejo nadando en una piscina de hielo derretido.

Yo empecé a comer a las cuatro de la tarde y no fui el último, aún había mesas vacías esperando a otros aún más rezagados. Pero ese es el ambiente que nos gusta, el de las hermandades juntas, comentando la jugada, criticando aspectos que para el común de los mortales pasan desapercibidos, jurando que ellos lo arreglaban en cuarto de hora y arrepintiéndose de haberse presentado voluntarios para acudir en representación a las procesiones de la tarde. Muy bien, por cierto, la del Discípulo Amado y fantástico el traslado del Cristo de los Trabajos de las Siete Palabras por el Paseo Central del Campo Grande entre patos que duermen, pavos reales que cruzan y ardillas que guardan silencio. Esta procesión está muy infravalorada y Valladolid debería reconsiderar esa tradición que parece decir que el Domingo de Ramos acaba con la bendición de las palmas. Las antorchas en la noche de Filipinos, de camino a Santiago, atravesando nuestro Campo de Marte, crean una estampa realmente sobrecogedora.

Y hoy la bajada del Cristo de la Luz en el Palacio de Santa Cruz a las 12:00. Y, por la tarde, el Rosario del dolor desde las 20:00 con el lujazo de poder ver juntas a todas las tallas propiedad de la Vera Cruz. Y luego, una de mis escenas favoritas de toda la Semana: Nuestra Señora de la Vulnerata saliendo del Colegio de los Ingleses a recibir a su hijo, el Cristo del Olvido de la Preciosísima Sangre.

Es una escena emocionante donde se oye al capataz dando las ordenes en inglés –right, left, right left–. Valladolid ha olvidado a La Vulnerata y es algo que me da pena, pero el que no esté familiarizado con la historia debe saber que esa Virgen fue profanada por protestantes ingleses y holandeses en 1596, durante la invasión de Cádiz. La arrastraron, le dieron cuchilladas, cortes de espada y de hacha hasta deformar su rostro, amputar sus brazos y destrozar al Niño Jesús que portaba. La imagen acabó en Inglaterra. Cuando Felipe II se enteró quiso atacar la isla y con razón. Tras una serie de acontecimientos, la talla finalmente fue recuperada. Los seminaristas ingleses de San Albano, enterados de que la Virgen estaba en el país, solicitaron su entrega para resarcir a sus salvajes compatriotas. Y así llegó a Valladolid, en procesión, en septiembre de 1600. Y desde entonces duerme en Don Sancho. La historia es más larga, pero me quedo sin espacio. Quédense con que a esa Virgen le han rezado los Austrias y ahora pueden rezarla ustedes. Anímense. Total, solo es la madre de Dios. Y además en la tele no hay nada.

(Esta crónica se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 11 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).