Todo el día y toda la tarde escuchando que si llueve, que si no llueve, que si «no lo dudes» y que si «tú ten fe» y así no hay quien se aclare. Un cofrade de los de barra me decía que un cuñado suyo conoce a uno que trabaja al lado de la Agencia Estatal de Meteorología y que ni lo intentáramos, que venía el diluvio universal por el oeste y que aquí iban a caer «rayos y centollas» que, la verdad, yo estoy más acostumbrado a las centellas, pero qué sabré yo, a lo mejor con los fondos europeos ahora llueve marisco en Zamora. Mientras tanto, Pepe Lobo, desde Pino Montano, advertía que «si tengo fe en lo de los panes y los peces y no en que los del Meteosat no tienen ni puñetera idea, yo, señores, soy un mierda». Y así, entre la blancura de la fe y el gris marengo de las previsiones, entre los crustáceos zamoranos y las sardinadas de Caná, se me fue el lunes.

Pero soy previsor. Por la mañana estuve en el Palacio de Santa Cruz para ver la bajada del Cristo de la Luz. Es una ceremonia íntima y sin demasiado artificio en la que la Hermandad baja al Cristo de la pared en la que descansa y reina durante todo el año y lo colocan en horizontal en la propia capilla para su exposición y adoración hasta el miércoles que lo colocan en las andas. Yo estaba allí al fondo viendo a los hermanos en sendas escaleras descolgando a semejante talla y casi me da un infarto. Bueno, y a ellos. Aitor y Víctor, que fueron los encargados de subir, me confesaban que, si lo piensas mucho, no lo haces. Un mínimo imprevisto, un resbalón, un estornudo y no quiero ni pensarlo. Y además la talla tiende a vencer hacia delante, por lo que hay que saber muy bien lo que se hace. Yo, que me pongo nervioso con el ratoncito Pérez, casi no podía ni mirar. Esa talla no es una más. Esa talla es, sin duda, una de las obras maestras no solo de Gregorio Fernández y de nuestra Semana Santa sino del Barroco universal. Y pensar que está en tus manos, que en ti descansan no solo ochenta kilos de peso y cuatrocientos años de historia sino el icono original con el que el mundo entero piensa en Cristo crucificado, tiene que ser una responsabilidad mayúscula. Yo no tengo lo que hay que tener.

Sobre todo, porque, además, ese que estás bajando es Dios. Y cuando lo ves tumbado te das cuenta. El Cristo de la Luz es la fe de muchos y su perfección formal solo es comparable a la trascendencia mística de su mirada, que no tengo muy claro si representa la agonía de un hombre en el segundo justo antes de morir o la tragedia de un Dios en el segundo inmediatamente después de expirar. La verdad, no lo sé, pero aún no consigo aguantarle la mirada más de unos segundos. Esa mirada te traspasa, te atraviesa, te hace partícipe de su dolor. El patetismo del rostro, los labios amoratados, esa espina atravesando la ceja y, debajo de ella, los ojos hundidos y más abajo aún los pómulos afilados y el cansancio extremo de un martirio insoportable. Yo entiendo que haya a quien todo esto no le diga nada. Y lo respeto. Pero si realmente crees, es imposible mirar al Cristo de la Luz y no irte con él para siempre.

Luego me di cuenta que hice bien en ir porque si tengo que escribir del Rosario del Dolor, entrego la crónica en blanco. Minutos antes de las 20:00, la Vera Cruz anunciaba la suspensión de la procesión. Yo entiendo que en las tallas del Museo manda el Museo y que ante la sospecha de lluvia se priorice la obra de arte a la fe. También entiendo que en las tallas de la Vera Cruz mande la Vera Cruz y que no quieran correr riesgos. De verdad que lo entiendo. De hecho, hay que ser bastante tonto para no entenderlo porque, aunque lloviera poco, la realidad es que llovía y, además, la previsión era de no parar. Y, en esas condiciones, no tiene sentido sacar una procesión a la calle, más aún cuando el Museo no había permitido sacar los pasos que deberían acompañar al Despojado y a las Siete Palabras.

Suspender es de cofradía seria. Lo que no entiendo es por qué se suspende cuando aún no llueve. Creo que hay detalles que hay que cuidar para que las decisiones sean mejor comprendidas por los cofrades de acera, la gente que lleva tres años esperando y que va a tener que esperar uno más. Ellos son los verdaderos protagonistas de todo esto, los que llevan una hora esperando en la calle y los que están celebrando su fe. Y me temo que, si era cuestión de minutos, quizá habría que haber demostrado un poco más de tacto y de mano izquierda para tomar ciertas decisiones, por muy fundamentadas que estén. Es una cuestión de detalles, insisto, de humildad, de vocación, de intentar agradar y de saber manejar las situaciones mejor. Las cofradías, por lo general, comunican mal. Y algunas peor que otras. Si queremos mejorar –y es un hecho que queremos– quizá haya que empezar por ahí. No lo digo como reproche, solo como consejo. Solo hacían falta unos minutos más, aunque entiendo que los más perjudicados son ellos tras tanta espera. Ahora solo queda darles ánimos y esperarlos en la calle el jueves. Y rezar para que esta tarde amaine. Porque me temo que el cuñado del del Meteosat, al final, suele tener razón.

(Esta crónica se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 12 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).