La Virgen de las Angustias no conoce su ciudad. Sólo ha visto los balcones del teatro, las campanas de la Antigua, los tejados de su barrio. Angustias nunca ha visto la Plazuela del almirante, la Plazuela vieja, la Corredera de San Pablo, nunca ha visto la tierra gastada, no sabe cómo cambia el suelo a la altura de su puerta, no conoce los charcos de luz fría de una ciudad que, cada Martes Santo, le acompaña para que no se sienta sola.

Angustias no ha visto los ojos a los niños de Valladolid, ni las lágrimas de las madres que piden por esos hijos, ni las bocas abiertas de un pueblo que le dice vida, dulzura, esperanza suya. Pero nos oye mirarla, nos oye cantarla y sabe que la ciudad está ahí abajo. Ella no puede ver la emoción en las caras, el aliento contenido, el suspiro de un pueblo que dice Su nombre hacia adentro. Porque la Virgen solo mira al cielo de Castilla. Y eso es porque sabe que allí está su hijo. Y como todas las madres, no va a parar hasta que lo encuentre. Por eso, Angustias no baja la mirada: no quiere despistarse. Angustias solo sabe mirar arriba y ahí se encuentra con el azul del cielo de esta tierra, cielo infinito, cielo Madre de Dios, cielo altísimo y lejano, cielo de dolor, cielo de amargura, cielo roto y quebrado, cielo desencajado, cielo de mujer derrumbada, cielo de pánico, cielo que busca consuelo, cielo frío, cielo imperio, cielo soledad, cielo de mano en el pecho, cielo de puñales hondos, cielo de siete espadas, cielo Valladolid, cielo Corte, cielo granate y verde, cielo de madera y sangre, cielo de manto crema, cielo de fe, cielo Angustias.

Nuestra Virgen jamás ha visto la ciudad que la venera y acompaña. No ha visto nunca el polvo en las suelas de los que la llaman Madre, las manos de los que quieren secar sus lágrimas. No saben que Angustias no tiene lágrimas, que el tiempo se paró en el vacío del tormento, que los ojos se quedaron atrapados en el martirio del calvario, en el trueno de la hora nona, en el cielo negro y en el velo rasgado.

Pero Angustias sale de su Camarín y el cielo se abre para Ella. Ha visto tantos abriles que piensa que siempre es primavera. Cuando sale respira, siente el viento en la cara y la luz deslumbra sus ojos tristes. Aunque, en realidad, la luz es ella, la luz tangible, una luz mate que no quiere brillar. Nosotros la miramos, pero Angustias no nos conoce, solo ha visto las cigüeñas de San Martín, la azotea de los Enríquez, la torre de la Catedral. Angustias conoce la Colegiata, las columnas convertidas en cipreses y ve la estatua de un Cervantes que antes conoció en persona. Angustias busca entonces el reloj de la Universidad para saber qué año es, pero no lo encuentra. Y así llega a Santa Cruz. Angustias mira la fachada del Palacio, ve el escudo sin columnas de Hércules y sospecha que Castilla aún no ha descubierto América. Y se encuentra en la puerta con su hijo y ni siquiera puede mirarlo. Su mirada busca solo el cielo y sospecha que, al final, todo tendrá sentido, que valdrá la pena el sacrificio.

Oscurece ya del todo y la Virgen está pálida. No mire más la noche, Señora. No mire más la luna, olvide la oscuridad y las estrellas. No mire el cielo negro. Mire mejor el sol, bendiga la vida, respire el aire sagrado. Necesitamos esperanza, pinte Valladolid de verde, pinte de alegría los labios de las niñas que la están mirando, que la están viendo por primera vez y acompáñelas siempre, acompañe a esas niñas cuando sean madres y a sus hijos y a los hijos de sus hijos, acompáñenos a todos, que ya volvemos al altar, Señora, que vamos Librería abajo, que vamos a casa a dormir, que la ciudad que usted no ve está encantada de verla.

Le vamos a llevar flores, vamos a sentarnos bajo la cúpula del crucero y vamos a ver el sol entrando de nuevo mañana por la ventana de la fachada, vamos a ver cómo se ilumina el verde esperanza de la barandilla a la que mira, vamos a ver el sol secando la lluvia y nuestras lágrimas. Porque ese sol que mira es el Cielo, Señora, el mismo Cielo que miraba y que hoy ha venido a verla. Esa luz es el hijo al que buscaba, el hijo que llega para que no tenga que seguir buscándole en la noche de Castilla. Ya puede pintar la oscuridad de verde y nuestra tierra de alegría, ya puede apagar la noche, bajar la cabeza y mirar la sonrisa de las niñas. Ya puede bajar la cara, Señora, ya puede mirarnos y ver Valladolid de frente, ya puede mirar los portones, las fachadas y los jardines, ya puede mirar la cara de los niños que serán viejos y de los viejos que fueron niños, ya puede cerrar los ojos y dejar de buscar, que el Maestro está llegando, que su hijo está muy cerca y la ciudad ha parado el tiempo en el encuentro.

Y si se mueve algo, es Valladolid que la mece y, si no se oye nada, es Valladolid que calla. Es Valladolid quien duerme y es Valladolid quien sueña. Y el cielo que buscaba, los ojos que no veían y el suelo que no pisaba somos nosotros, Señora. Son casi quinientos años y la ciudad que nunca ha visto no ha parado de mirarla.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 13 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).