Ahora que Alfonso Fernández Mañueco(Salamanca, 1965) toma posesión, ahora que el sainete termina, todos se van y estamos menos solos, ahora que no importamos a nadie, ahora que las vacas pacen tranquilas y las ovejas cuentan políticos para dormir, ahora que Castilla se despierta en una primavera precipitada o, mejor aún, ahora que Castilla se adormece en sus campos de amapolas y vuelve al aislamiento, precisamente ahora es cuando hay que volver la mirada a esta tierra abandonada, fronteriza y cruel y pensar qué queda de  ese mundo que relató Miguel Delibes (1920-2010), cuántos Cayos, cuántos ‘Barbas’ y cuántos ‘Ninis’ hay y dónde están los hombres que un día reflejara el genio. Porque Delibes fue un genio. 

Quizá no un genio barroco, crepitante ni efectista, quizá no un dandi, aunque, al igual que el punki es el último dandi, es su antidandismo radical, su desinterés hacia los destellos y su apuesta por sus raíces lo que le convierte, hoy por hoy, en el gran moderno. Eso y que uno no llega a ser el mejor novelista español de la historia –con permiso de Galdós y de Cervantes– siendo uno más. Conviene recordar que, para ser un genio, no hace falta ser un imbécil.

Ante todo, un periodista

Pero el genio Delibes no fue solo un novelista hábil, como no fue solamente un cazador misántropo con gafas anchas, gorra baja y mirada larga. Delibes fue, antes de todo y por encima de todo, un periodista, un hombre que cuenta lo que ve y que pone su talento al servicio de los humildes, de los que lo necesitan. Delibes es la voz de los desterrados, es una denuncia constante y utiliza su pluma como un médium, para dar voz a los que no tienen más que miedo y miseria. Un católico renovador y volcado con los demás y no uno de golpes en el pecho. Es decir, un católico de verdad. ‘Rara avis’ en estos tiempos de fundamentalistas.

Y es únicamente la frustración derivada de no poder expresarse en su periódico y la censura de un régimen decadente que le apuntaba directamente, lo que le empuja a poner en el papel-noble de la novela lo que no puede poner en el papel-espuma del periódico. Es decir, su obra surge como un grito silente, como surge la rabia de un hombre amordazado que volvió de la guerra triste y neurótico. Mucho habría que hablar aún de  ese otro Delibes, del gran luchador por la libertad de expresión de España, del gran antifranquista comprometido con su tierra, con esta Castilla maltratada, hundida y humillada. «No nos respetan porque no nos respetamos»

Yo no sé lo que diría Delibes de la campaña electoral y las negociaciones que hemos visto, pero mucho me temo que habría sentido la misma vergüenza ajena y la misma rabia contenida que hemos sentido los demás al ver el trato mediático que se nos ha dado, tratando como pueblerinos a los habitantes de una tierra que con su visión del hombre cambió para siempre el destino de la humanidad, una tierra que no es que sea culta, es que es la Cultura en sí misma. No nos respetan porque no nos respetamos. 

Delibes, en su casa de veraneo en Sedano (Burgos)
Delibes, en su casa de veraneo en Sedano (Burgos) – FRANCISCO JAVIER DE LAS HERAS

La generación del 98 hizo mucho daño a esta tierra, como el propio Delibes denunció. Umbral dice que Delibes ‘desnoventayochiza’ Castilla, la despoja de mito. Y es cierto. La Castilla que tenemos en la cabeza es la creación de dos vascos –Unanuno, Baroja–, de un gallego –Valle-Inclán–, de un alicantino –Azorín– y de dos andaluces –los hermanos Machado–. La generación del 98 ve en Castilla –en su paisaje, fundamentalmente– un reflejo de sus angustias, la aridez del alma, el dolor de la soledad y no sé qué otras idioteces de personas nacidas en la tibieza de los climas periféricos y que, simplemente, aquí tenían frío. 

En Castilla, la generación del 98 sublima el ideal de la España poderosa, libre, conquistadora, incumbente e imperial que, sin duda, fue en otros tiempos. Porque lo fue. Y lo fue precisamente por obra y gracia de Castilla, de su liderazgo y de su brillantez. No olviden nunca que América es una empresa castellana, no exactamente española. Es Castilla la que pone el dinero, la determinación y los hombres. Castellanas son las banderas de los barcos. Y los barcos. Y, por supuesto, castellanos los muertos. Y las estrecheces y las consecuencias en forma de ruina. La gloria, Habsburgo. Los muertos, castellanos. El mármol en Viena. En mi pueblo, adobe.

Pero Castilla nunca disfrutó de los frutos de su predominio, como sí hicieron otros con sus imperios. Tras ocho siglos de Reconquista, América. Y después Lepanto y Flandes. Y luego las independencias americanas. Y Filipinas. Y luego una guerra contra los franceses, y luego las guerras carlistas. Y luego una guerra civil. Son doce siglos en guerra sin parar. Pero eso, fuera no se ve.

Los reflejos del poder dejan ciegos los ojos que no saben mirar. Mientras se pasa hambre de puertas para dentro, Castilla brilla de puertas para fuera. Y desnoventayochizar –el palabro se las tiene– es ‘El camino’, son ‘Las ratas’ y son ‘Los santos inocentes’, obras que narran la realidad del campo, la verdad sin sacarina, la estampa de una tierra humillada tras haber dado todo a España, al catolicismo y al mundo en general, a través de sus leyes, su cultura, sus universidades, su idioma y su fe.

El compromiso de Delibes fue pasar de las musas al teatro. O, dicho de otro modo, del mito a la realidad. Su obra está marcada por varios temas: el medio rural, la infancia, el medio ambiente y la desigualdad de oportunidades. Es decir, su obra es la historia de la dignificación de un pueblo machacado, la denuncia del abandono y la precariedad del campo, pero también la pérdida de la ingenuidad y la inocencia, simbolizado en paso de la infancia a la madurezdel campo a la ciudad, de la libertad a la opresión, de la autosuficiencia a la pobreza, de la tradición bien entendida a la modernidad entendida mal.

El otro nacionalismo 

¿Qué queda entonces de la Castilla de Delibes? Queda la falta de iniciativa, la sequía y los viejos con la mirada perdida ante un mundo que los aparta. Quedan las reivindicaciones, pero faltan quienes las dignifiquen sin demagogia. Queda no venir de Madrid vestidos de horteras para hablar con auténticos caballeros, esos de boina y silencio. Queda el polvo, las bicicletas rotas en las pocilgas y faltan niños que las monten. Queda la miseria, la falta de autoestima y, por faltar, faltan hasta las perdices. 

Quedan los hombres de palabra, esos hombres adustos que daban la vida y la palabra en un apretón de manos. Y queda el viento ancho de la meseta. Queda el abandono de la tierra, faltan los oficios y las palabras. Queda su periódico y faltan los lectores. Quedan universidades, un idioma y una mejora de las condiciones de vida, pero faltan oportunidades, compromiso y sueños. Quedan estaciones con nombres de mujer y falta un aeropuerto con nombre de maestro.

Al quitarnos el pasado, nos dejaron sin futuro. Y ahora vemos cómo tiran las estatuas de nuestros mejores hombres ante el silencio de una nación aborregada que proyecta en Castilla todo el mal y en el nacionalismo su antítesis, es decir, todo el bien. Pero también queda el otro nacionalismo, el que sigue anclado en el delirio del 98 y usa a Castilla como excusa para sus fines. Siempre en el centro del desastre.

Es un asunto resuelto por lo freudiano: el hombre nuevo contra el viejo mundo, contra sus padres, contra sus abuelos. Contra su sangre y contra la cultura, contra los mitos y las proyecciones del alma, contra la realidad y las raíces. Contra Delibes

Es el momento de volver a la Castilla realla de don Miguel. Y leerle, con atención. Leerle para dentro. Porque solo cuando el resto dejen de decirnos quiénes somos, podremos entender quienes somos realmente.

(Este reportaje se publicó originalmente en ABC el 19 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).