A Sánchez habría que explicarle que ser un caballero no es fácil. Se trata de hacer siempre lo contrario de lo que te apetece. Que quieres sentarte, tú de pie. Que te apetece pantalón corto, pues traje. Que te quieren hacer fotos como si fueras un youtuber en su día libre, pues te niegas. Se trata de exigirse al máximo, sobre todo cuando las miradas que hay no están entrenadas para detectar ciertas cosas. Que te apetece ir a Kiev disfrazado de profesor de ética enrollado, pues cuentas hasta diez. Que quieres poner cara de afectación ante víctimas reales, pues a intentar actuar con naturalidad. Que se te ha ocurrido un brillante paralelismo entre Ucrania y nuestra Guerra Civil, pues lo das una vuelta, por si acaso no fuera tan brillante. Ni tan paralelismo. No hay que actuar para emocionar a retrasados sino para que te entienda solo el que vea la discreción como lo normal y, por lo tanto, no tenga halagos que ofrecerte. En el fondo, se trata de renunciar a las ventajas y escuchar esa voz que te tira de las orejas para evitar el olor a sardinas del algoritmo.

No todos pueden. Para ser un caballero se necesitan referentes. Es tan fácil como intentar copiar la manera de hacer de ciertas personas. A algunos les viene en los genes. A mí no. Yo me esfuerzo cada día en no ser yo mismo para poder ser alguien digno de mi propio respeto. El truco es pensar qué haría Curro o cómo se comportaría Aute para plagiar sus actitudes hasta que supongan un movimiento mecánico. Esto se entrena, Pedro. Porque la caballerosidad depende de Dios, pero también del hombre. Es importante tener cerca a gente que te enseñe a actuar como el señor que ya eras y aún no sabías. Solo se trata de dar plenos poderes a la elegancia de los excesos contenidos y no subtitulables al español vulgar. Es Dios quien llama, pero Juan el Bautista quien quita el pecado.

Y las mujeres que te rodean, claro. No todas aceptan una censura auto impuesta, un silencio auto infligido, la renuncia voluntaria a la ventaja. Si de algo hay que huir es de las chicas a las que les emociona el toreo en redondo, los hombres con escote, el prosecco de Mercadona y los dildos de polla de negro. Pero desprecio aún más a los hombres obsesionados con agradar a ese tipo de mujer. Ese es el cementerio de la elegancia. No saben que son insaciables, que la frustración no se cura, que la insatisfacción viene de serie. Se trata justo de lo contrario, de desagradarlas, de no hacerse entender, de sentarse en la otra punta y bendecir la mesa. De ir a Kiev sin cámaras.

Hay que pasarlo todo por el velo de la experiencia para contarlo sin prisa, con arrugas en el lenguaje, el tamiz húmedo y la mirada malherida. Hay que dejarse ganar, no dar el cante y, sobre todo, callar. Más importante que saber estar es saber no estar. Ser un caballero es entender que el verdadero estilo es sagrado. Pero no por que te lo diga la maquilladora sino porque el estilo no es otra cosa que Dios dando sentido a tu dolor. Y solo a él nos debemos.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 22 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).