Ditirambo (Elogio de El Colmao)

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En Grecia, un coro cantado por cincuenta personas, invitaba a los dioses a que descendieran a la tierra para asistir a su canto y ser venerados. Un ritornello lanzado como un grito alternaba el canto del guía del coro llamado exarconte o corifeo con el que se imploraba ansiosamente la llegada de Dionisos. El Colmao es un coro de similar aforo que canta su estribillo mientras Juan Bautista decide de qué color ha amanecido el día.

El Colmao no invoca a Dionisos por el mismo motivo que El Escorial no invoca a Felipe II: es de mala educación autocitarse. El Escorial invoca a San Lorenzo en un ejercicio de grandeza y El Colmao al santo del día, que es universal. El Colmao, en ese universo, es un planeta con campo gravitacional propio y alrededor del ritmo de su coro, bailan los satélites. El sueño de todo satélite es ser planeta. El desarrollo del texto cantado por el corifeo y de los estribillos gritados por el Coro forman un diálogo que no estaría muy lejos del origen de las formas de la tragedia, llamando a partir de entonces ‘primer actor’ al corifeo. Surge así el teatro tal y como lo conocemos, emergida Maite a escena. Surge El Colmao, y no surge todos los días porque ser sublime sin interrupción es degradarse. Yo aconsejo visitar El Colmao cuando es El Colmao, lo cual depende sólo de ti y de tu predisposición al asombro, al arte y al ingenio.

El desarrollo de un día en El Colmao es el desarrollo de doce horas en las sensaciones del corifeo y de la primera actriz. Me encanta verlos frustrados, en un ejercicio de cinismo y sadismo que reconozco abiertamente. Uno no puede sentirse nunca satisfecho, la autoalabanza es el primer paso a la autoindulgencia, si es que esta no es sino aquella. Y eso trae consigo un tufillo arrabalero que no cuadra en esta obra. Porque El Colmao es Brooklyn y convierte en Brooklyn cuanto toca. El Colmao es el aftershow del Café Gijón, con un relajado Valle Inclán aparcando su personaje para simplemente contar un chiste malo o escuchar una batalla naval de un siglo remoto que Juan relatará como si lo hubiera presenciado. A veces dudo que no sea cierto porque Juan tiene la edad de sus recuerdos milenarios. Si lo hubieran conocido, muchos habrían tomado las primeras tres botellas de champán en El Colmao antes de entrar en Studio 54. Ava Gardner hubiera elegido El Colmao antes que a Perico Chicote. Y la sangría chingona o el vermú litúrgico serían hoy cócteles de culto entre los cultos. El Colmao es la alquimia de los cuerpos.

Tras El Colmao está el mar -yo lo he visto- y eso hace de su calle un paseo marítimo de la parte más lusa de la costa francesa, nunca viceversa. Cada persona allí se convierte en personaje y nos prestamos a interpretarlo en el coro, cada cual según le toque. Yo he sido el bueno, el feo y el malo. Nunca el guapo. He sido héroe y villano, pero nunca extranjero. Consultor y consultado. Artista, intelectual, golfo, poeta. Modelo, torero y cronista. En el salón de su casa cada uno es quien quiera ser, oiga. Freud se refería a esto cuando hablaba del “ideal del yo”.

Este ditirambo es una elegía al viejo Colmao y una nana al nasciturus. Pretende ser un elogio y un abrazo, porque uno no es más que lo que ha visto, y son ya varios trienios los vividos allí. Un trienio en El Colmao es un año luz de horas llenas de gestos, un cursillo acelerado de lujo y de clase. Un máster en geografía e historia. Y un nido de referencias para llevar, porque el laterío sólo sabe bien allí, ninguna ensalada supera el listón de las de Maite y da igual lo que diga la etiqueta: el champán sólo alcanza su plenitud si viene acompañado de la sonrisa aprobatoria de Juan. Miren, yo no llevo a ningún ave de paso por allí porque si a Juan y a Maite no les gusta -y eso se nota-, se convierte en rana ipso facto. Hemos aprendido que julio es un mes maravilloso si El Colmao está abierto, y muchos damos fe. Es un lugar iniciático que merece una romería, un peregrinaje entre su paisanaje, porque para hipstéricos ridículos y pijos idiotas ya hay otras plazas. Y ningún lugar reúne clientela intelectual y artísticamente tan elevada como el bar de Juan y Maite. Llámenme elitista, pero no clasista.

La estructura formal del ditirambo era habitualmente tripartita (estrofa, antistrofa y epodo). La Oda XVIII de Baquílides es un raro ejemplo de ditirambo que no contiene ninguna línea narrativa, sino que es sólo diálogo, al más puro estilo colmantino. Yo a Baquílides le ponía allí una estatua ecuestre con cargo a este enorme coro que cada día nos repartimos el anochecer con vosotros, -Maite, Juan- para que así nos toque a menos. Es el último desplante a la vida antes de renacer como el ave fénix que sois y que sin duda a partir de este otoño volveremos a ser con vosotros.

NOTA (Siempre, Unamuno): Alguna vez cuando expongo un nuevo proyecto, algo que me parece que debería hacerse, no falta quien me pregunte: “¿Y después?”. A estas preguntas no cabe otra respuesta que otra pregunta, y al “¿Y después?” no hay sino dar de rebote un “¿Y antes?”.

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