Para un chico del San José, la Plaza de Santa Cruz es el recibidor de su casa, el hall. Mejor aún: es el jardín, una galería de piedra y hierba, esa terraza renacentista y Trastámara en la que esperar a las visitas como si fuéramos Julio César en una tumbona. O quizá simplemente sea un lugar en el que mirar la vida pasar. Al mediodía puedes hacerlo sentado en ese banco larguísimo del propio Palacio con la espalda pegada a la fachada y tomar el sol como un mexicano en el desierto de Sonora, contando lagartos y cardenales. Por la tarde el sol se va hacia el río para calentar a otros niños y deja en el aire de nuestra plaza un aroma de flores, sombras secas y fotos de otros tiempos. Entonces se pintan de blanco y negro los afectos, le sale un tono sepia a la memoria y el Renacimiento se convierte en un albero vertical. Y llegan los perros que olisquean primaveras y sus dueñas, que se observan como rivales, como si defendieran para sus canes ínsulas verdes en las que levantar patria. 

Y después la noche, que es cuando Santa Cruz se convierte en un cruce de caminos con gente que viene de todas partes y va a cualquier lugar, con gente perdida, gente que se encuentra y amantes que se despiden, quizá hasta mañana, quizás hasta siempre. Y luego ese momento mágico en el que se cruzan en la plaza el borracho que va para casa y su vecino montañista, ciclista, triatleta o cualquier otra actividad subterfugio con las que simplemente huir de casa.

Yo estuve en el Cole doce años y cuando alguien de Valladolid dice que estuvo en el Cole, así, con mayúscula quiere decir que estuvo en el San José, evidentemente. Aunque lo importante aquí no es tanto la mayúscula sino el artículo determinado, ‘El’ Cole, como si no hubiera otro, como si el resto fueran otra cosa. Yo sé que parecemos idiotas y probablemente lo seamos, pero no conozco un nacionalismo mayor que el del exalumno del Sanjo. Me río yo de los rusos. La diferencia entre su supremacismo y el nuestro es que nosotros no solo tenemos razón, sino que, además, tenemos motivos. Bueno, eso y que no tenemos ninguna intención de competir ni la menor sensación de tener que demostrar nada a nadie, lo sabemos nosotros y ya está, somos el Real Madrid de los colegios. Hace ya veintiséis años que salí de allí, pero sigo teniendo la sensación de que he pasado la mayor parte de mi vida en ese patio. Y siento que todo lo ocurrido desde que dejé el Cole ha sido apenas una anécdota sin demasiada importancia, una sucesión de días, felices los más, nublados los menos, pero días, solo eso, días similares, uno detrás de otro, de siete en siete, sin demasiada gravedad ni demasiado sentido. Sin embargo, cuando uno echa la vista atrás y mira sus años de colegio, parecen una eternidad, una odisea llena de capítulos, pasos dados, historias inolvidables y tiempo.

Mi infancia son recuerdos de un patio de gravilla y un banco claro donde madura el quiosquero. El de Santa Cruz de toda la vida ya se ha jubilado y los que lo han cogido ahora no tienen prensa, así que, como ellos me eluden a mí yo los eludo a ellos. Pero ese quiosco nos vio crecer, nos vio dar un beso a nuestras primeras novias, casi siempre de las Carmelitas, claro, que para eso está la plaza a veces, para servir de zona cero, de área neutral, un ‘First Dates’ ‘avant la lettre’. Ese banco frente al quiosco nos ha visto darnos la mano, comprar cromos, ‘Gigantes’ y ‘Heavy Rock’, chicles ‘Boomer’ -qué bien puesto el nombrecito-, ‘Fortunas’ sueltos, flashes de precios y sabores imposibles y, sobre todo, toneladas de pipas con las que esperar a los colegas en esas horas interminables en las que acababas con la boca dormida, los labios ajados, la lengua áspera como la de un gato sediento y las mandíbulas como Mayweather. Porque antes se quedaba en ‘La Plaza’, que es como lo de ‘El Cole’. ‘La Plaza’ era Santa Cruz y allí, en ese kilómetro cero y en esos bancos, que siguen siendo los mismos, hemos pasado media vida cuando aún no había móviles y no quedaba otra que tener fe en el compañero y creer firmemente que tenía un buen motivo para hacernos desperdiciar nuestro precioso tiempo, que, por cierto, era lo único que teníamos. Y, si no, al ‘Callejón’, que era el ‘botellonódromo’ oficial en los 90 y que, afortunadamente, ya no existe. En su lugar un paraíso de calma y, en vez de verja, un césped civilizado e iniciático.

Sigo pasando por Santa Cruz todos los días y, los que no he de pasar, cambio mi itinerario o me desvió para terminar allí. Y entonces miro esa plaza un rato: a un lado el Sanjo, al otro Carmelitas, al frente el Palacio y detrás las casas de los vecinos más afortunados del mundo, esos que pueden ver cada día la maravilla del conjunto, los árboles, las jardineras, los niños que siguen jugando al fútbol cada día, los chándales rojos y los uniformes azules, los corros de padres, los estudiantes de Derecho saliendo de la biblioteca con los mismos nervios, el mismo miedo al oral de Internacional Público y las mismas chicas que empezaban la carrera con aire de rebeldía y la terminaban con toda la pinta de funcionarias del nivel 27.

Y no solo es que pase cada día por la plaza y por mi colegio. Es que, aún, muchos días sueño con los pasillos, con los claustros, con los diferentes pisos, con las aulas, los patios y las escaleras. Con aquella zona donde había animales disecados y habitaciones de Jesuitas. Y resulta que me pierdo, hay veces que ya no sé unir las partes y se me quedan borrosas las zonas, como si la niebla surgiera ahí y se dispersara en todas las direcciones. Pero al final llego mentalmente a la Capilla grande.

Si Castilla conociera esa pequeña Sixtina, peregrinaría cada mes de marzo a ver a nuestra Virgen. Tengo su imagen puesta en mi habitación. Y creo que, a su lado, voy a poner otra de la Plaza Santa Cruz. Es el único lugar en el mundo del que aún no me he cansado. Y pienso que el día que eso suceda, quizá sea porque me he cansado de vivir. O de recordar, que, al fin y al cabo, es vivir de nuevo.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 8 de mayo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).