Cuando una persona tiene un accidente y pierde una pierna, la sigue sintiendo durante un tiempo. Se conoce como ‘síndrome del miembro fantasma’. El sistema nervioso no asume la pérdida y, ante la ausencia de pruebas en contrario, da por hecho que el miembro amputado aún está ahí y el cerebro manda señales como si estuviera presente. Las sensaciones fantasma no sólo aparecen cuando se pierde una extremidad sino también con otras partes de tu cuerpo como un ojo, un diente, una mujer. El cerebro la sigue notando, huele su perfume en tu ropa y actúa como si nada hubiera sucedido. Así, el cerebro exige que el cuarto de baño siga ofreciendo cada mañana flores, cremas y cajas con pendientes. Pasa tiempo hasta que desaparecen toallitas desmaquillantes u horquillas y, de manera mágica, te hace seguir respetando el otro lado de la cama, no vayamos a espantar a los pájaros que dormían en su almohada. El cerebro, a través del síndrome de la amante amputada, piensa por ti y hace planes como si no se hubiera ido. Te hace operaciones a la baja en la cuenta corriente para hacerte sentir tan pobre como cuando estabas enamorado.

El cerebro te impulsa a ciertas floristerías, para que nadie sospeche nada. Las floristeras, enteradas de todo -y antes que tú-, te miran con candidez, te siguen el juego y te ofrecen rosas blancas que lloran para que las puedas pasear por la parte más cercana a la carretera y sigas protegiendo a la nada del acuciante peligro de los automóviles adormecidos. No es psicológico: el síndrome causa dolores, pero los causa en ninguna parte, que es lo más increíble. En el síndrome del miembro fantasma, el cerebro reemplaza las señales inexistentes de una extremidad amputada y las sustituye erróneamente por dolor. Y en el síndrome de la amante fantasma sucede igual. En cualquier caso, los medicamentos indicados para tratar el dolor del miembro fantasma incluyen antidepresivos, anticonvulsivos, clorpromazina, opiáceos, clonidina o baclofeno porque el dolor es físico. Para el síndrome de la amante amputada, no hay tratamiento. Solo literatura, prótesis y whisky.

No se conoce cura para el síndrome del socialismo fantasma. Al cerrar los ojos, muchos ven nítidamente a Felipe llegando a acuerdos con la derecha, uniendo España sin odio y metiéndonos en Europa; sienten a Guerra aún presente en aquella ventana del Palace y a Redondo Terreros manteniendo la dignidad al frente de miles de vascos, hoy traicionados; oyen la voz de aquellos voluntarios que alfabetizaron en su tiempo libre a medio Aljarafe, a sindicalistas responsables y honrados -que los hubo-, a Rubalcaba clamando contra Frankenstein, a César Antonio Molina, a Leguina, a Paco Vázquez, a Rodríguez Bolaños y, si hacen un esfuerzo, muchos declaran que sienten en cuerpo propio la vergüenza ajena que siente Borrell cada mañana. Hay quien espera un PSOE culto, serio y responsable. Otros ya solo se duelen por la amputación. ¿Existe acaso una mayor sensación fantasma?

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 9 de mayo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).