Creo que a la casa de Gamazo llegamos en 1988, pero no estoy seguro. Y creo que vivimos allí hasta 2003, aunque tampoco estoy seguro. En realidad, últimamente no estoy seguro de casi nada y me temo que, con la edad, la cosa va a peor. El dogmatismo y las posturas rígidas son un error de juventud que, como dice Battiato, afortunadamente pasa. De cualquier manera, aunque fueran solo quince años, esa es mi casa. Y del mismo modo que tu madre es tu madre, que tu hija es tu hija y que ambas lo son pase lo que pase, tu casa es tu casa con independencia de que lleves veinte años sin pisarla y que en las escrituras ponga que ahora les pertenece a otros señores. A quién le importarán las escrituras. No hay escrituras ni notarios para el afecto y ya hemos aprendido que sentimiento y destino son lo mismo. Esa casa es nuestra casa y lo será siempre.

Cuando nos fuimos a vivir allí tenía doce años y cuando salí veinticuatro. Es decir, llegué a Gamazo siendo un niño y cuando nos fuimos había acabado la carrera y estaba trabajando. Son años clave en una vida, el desarrollo de una personalidad y supongo que, por eso, emocionalmente esa casa es mi punto de partida, mi lugar en el mundo, el kilómetro cero de una trayectoria. Aun hoy cierro los ojos y la recorro sin esfuerzo, sobrevuelo esos doscientos veintitantos metros cuadrados de felicidad como un aguilucho con cara de bobo, miro los techos altos y las molduras y me lleno de luz, de familia y de amor. Veo a mi hermana en el cuarto de estar viendo alguna serie americana malísima. A mi padre en su despacho y a mi madre en el suyo, trabajando. A mi hermano escuchando música en el salón y a mi otra hermana fumando en el balcón. Y veo a mi abuela en el ‘office’ que había junto a la cocina, leyendo el periódico junto a algunas de las gatas. Porque en mi casa había abuelos, qué cosas. Y no nos molestaban sino todo lo contrario, los queríamos con toda nuestra alma. Y así fuimos felices todos juntos, quizá por última vez. Luego empezamos a desfilar, los abuelos murieron, la casa se vendió y ahora, cuando paso por allí, hago como que no miro para quitarlo importancia, como cuando ves al amor de tu vida de la mano de un idiota. Aunque, en realidad, siempre he tenido la sensación de que todos los hombres que han estado con una misma mujer tienen algo de parientes.

A lo que vamos. Esa casa era tan grande que se podía dividir en autonomías. A veces pienso que había hasta diferentes husos horarios, diferentes dialectos. Podías estar un fin de semana encerrado junto a otras seis personas y no llegar a cruzarte con ellas. Esto llega al punto de que una vez nos olvidamos de mi hermano y se tuvo que quedar a comer con los vecinos. Y la comida estaba tan buena que ya no quería comer en casa nunca más. El pasillo medía veinte metros. No es un modo de hablar, eran veinte metros, como la calle. Salías de una punta recién afeitado y cuando llegabas a la otra ya te había crecido la barba.

Era una casa enorme construida por Pradera, el mismo que hizo el teatro. De hecho, creo haber oído que es la primera casa de hormigón que se hizo en Valladolid, sin estructura de madera. En realidad, es una joya de ese Valladolid burgués, de aquella ciudad de principios de siglo que formó un pequeño barrio de Salamanca entre Gamazo, Colmenares, la Acera de Recoletos, Miguel Íscar y todas sus calles adyacentes. Desde que se peatonalizó la Acera de Recoletos esta zona de la ciudad tiene menos protagonismo. Hay calles, como Perú, que van de ninguna parte a ningún lugar y simplemente van desapareciendo de nuestras cabezas. Lo mismo sucede con Marina Escobar o Galatea, son puntos borrosos del imaginario, calles olvidadas sin tránsito, niños ni abuelos. Pero por entonces esas calles estaban aún llenas de vida, de tráfico, de elegancia y de una belleza sutil, poco evidente, nada ostentosa. Había mucho pijo, sí, pero los pijos de Gamazo no eran pijos de golf y chalet adosado, no eran pijos de Masseratti y de Marbella. Más bien eran profesionales liberales y cultos, esa burguesía ilustrada que siempre ha faltado en España, gente de libros y de libras que veraneaba en el norte. Había restaurantes interesantes ya cerca de Miguel Íscar, estaban Panero y Miguel Ángel. Y un poco antes Portobello. El Felipe IV era un centro neurálgico de la vida social y, justo debajo de mi casa, La Columnata, que duró poco, pero que algunos aun no nos hemos recuperado. Y al otro lado de mi casa Pentágono, donde veíamos venir algunos jueves a jugadores del Real Madrid de fiesta. Se ve que en Madrid les pillaban así que algún ex blanquivioleta avispado -cuyo nombre omitiré- les enseñó que a dos horitas de Chamartín tenían un pequeño paraíso de la juerga. Prosinecki, sin ir más lejos, lo entendió a la primera.

Uno de los objetivos de mi vida es recuperar esa casa. De hecho, me ha sorprendido que, cuando lo he hablado con mis hermanos, declaran la misma aspiración. Todos la echamos de menos. De algún modo perder una casa es como perder el apellido, el rostro propio, los rasgos de la estirpe. Yo no sé qué deben sentir esas familias aristócratas cuando ven la casona familiar, la que va asociada a su apellido, pero yo siento algo parecido. En Gamazo 19 yo fui feliz. He sido feliz en otros sitios después, pero siempre nos quedará esa melancolía de destierro, de paraíso perdido. Y me di cuenta de esto el jueves cenando en el Yogui, la mejor hamburguesería de la ciudad, aunque ya no esté Pedro. Y miraba hacia mi habitación y se me caían las lágrimas. No de pena, no de tristeza. No sé de qué. Es la sensación de que he abandonado a un ser vivo que me hace muecas para que vuelva. O de que ese ser vivo me ha abandonado a mí. No lo tengo claro, pero esa es mi casa, nos echamos de menos y ahora soy un expatriado, un exiliado en mi propia ciudad, un emigrante que se cruza de acera para no saludar. Ojalá un euromillón y una oferta indecente que ponga las cosas en su sitio. Dios sabe que es cuestión de tiempo.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 5 de junio de 2022. Disponible haciendo clic aquí)