Kate fue siempre una decadencia relativa, un fracaso contenido, un sábado por la mañana. Kate era alta, baja y zurda. Kate fue un milagro, un sueño rarísimo. A veces se sentaba en una mesa junto a la ventana, buscaba el ángulo perfecto para que la luz del sol marcara sus pómulos, sostenía un cigarro a la altura del pecho y sonreía como sonríen las mujeres enamoradas. Dios, todos nos habríamos quedado a vivir en esa sonrisa de niña loca. Era castaña, bella y londinense. A los quince parecía una mujer y debutó con Galiano y tres años después fue la imagen internacional de una marca que ya no existe, como ella. A los veinte aproximadamente comenzaría con la coca y empezó a beber para aguantar la culpa.

No mucho después ganaría su primer millón y le empezaron a gustar más las libras que los libros. Después de ese millón, vinieron muchos más, con los que supongo que dio de comer a su familia hasta el cuarto grado y a una legión de managers, agentes, abogados, contables, camellos, publicistas, ‘chambermaids’, cocineras, choferes, maquilladoras, ‘personal shoppers’ y no descarto que algún que otro cura anglicano.

Bebía mucho, bebía siempre. Bebía sola. ¿Que por qué bebía sola? Como Nicola Six en ‘London Fields’: Kate bebía sola porque estaba sola. Era anárquica, un poco histérica y tímida, como todas las supermodelos millonarias. También era superdotada, tenía un cerebro privilegiado, especialmente diseñado para joderse la vida. A los veinte conoció a Johnny. A los veinticuatro Johnny se fue. Luego Jude Law, Pete Doherty y vaya usted a saber quién más. Luego nada reseñable hasta que, hace diez días, declaraba a favor de Johnny Depp en el juicio de este contra Amber Heard. Lo hizo para mostrar su apoyo al actor, uniéndose en tal empeño a otras exparejas suyas como Vanessa Paradis o Winona Ryder. Yo sí que os creo, hermanas.

El pasado martes Kate Moss acudía a un concierto de Johnny Depp con Jeff Beck en el Royal Albert Hall de Kensington. Algunas horas después se dejaba ver en la ‘afterparty’, en un lugar que no consigo reconocer pero que podría ser el Groucho del Soho, entre lo más noctámbulo y ruin de esa alta sociedad londinense de la que ninguno de los dos forma parte, como personajes de Fitzgerald. O, mejor dicho, como si Scott y Londres le lanzaran la verdad a la cara para que entendiera de una vez lo mezquina y brillante que puede llegar a ser la vida. En Londres se dice que es más fácil entrar en Buckingham Palace que en el Groucho, pero Kate y Johnny entran y salen de allí con la libertad con la que se entra y sale del infierno. Artistas, bufones, putas, políticos y actores… todos pasan por esas fiestas malditas y decadentes, entre indios millonarios y árabes gordos, como un atrezo del que no se saben parte. Aunque, en realidad, puede que el atrezo sean ellos. Kate y Johnny son la Roma de los tiempos de la decadencia, pero jamás vi una decadencia tan bella como la de las mujeres que salen al rescate de los hombres a los que una vez amaron.

(Esta columna se publicó en ABC el 6 de junio de 2022. Disponible haciendo clic aquí).