Indro Montanelli decía que en una caza de brujas siempre hay que ponerse de parte de las brujas. Estoy de acuerdo, cuando alguien es lo suficientemente necio como para dividir el mundo entre buenos y malos, me veo obligado a ponerme del lado de los segundos. «Malo es ser de los nuestros, pero peor es ser de los buenos», que decía Sánchez Ferlosio. La defensa de la libertad es una batalla que no acaba nunca. Pero no es una batalla abstracta: la libertad hay que defenderla del poder, que es quien puede quitártela. Porque el ser humano es una sabandija y cuando alcanza el poder tiende a abusar de él. Todos, también los autodenominados ‘liberales’, como nos enseña la historia.

Habitualmente lo hacen utilizando discursos maniqueos de buenos contra malos, nosotros contra ellos, fascismo o democracia y comunismo o libertad. Por eso, la defensa de la libertad no termina cuando el poder lo tienen «los nuestros». Más bien comienza. Como yo nunca he sido «de los nuestros», tengo claro que el liberalismo es demasiado serio como para dejarlo en manos de los liberales.

Ayuso: «Voy a realizar una revisión pormenorizada y urgente de los libros de texto para solicitar la retirada de aquellos libros que tengan material sectario». No sé quién va a ser el que marque los criterios para calificar un libro de sectario, pero me preocupa su giro, cada vez más populista. No se si va a recuperar a Torquemada, a poner una pegatina de ‘parental advisory’ o dos rombos, pero esto se llama censura, lo haga Agamenón o su porquero. Imagínense a Irene Montero diciendo que va a realizar «una revisión pormenorizada y urgente de los libros de texto para solicitar la retirada de aquellos libros que tengan material sectario» y díganme qué les parecería, honestamente. Nos llevaríamos las manos a la cabeza. Porque seguramente empezarían por los de religión y seguiría por periódicos como este. 

Ayuso está dotando de armas a la izquierda para que haga realidad la tendencia liberticida que lleva dentro. Les da la cobertura legal y el subterfugio moral para legitimar la censura cuando manden en la Comunidad de Madrid o para hacerlo en las comunidades en las que ya gobiernan. O en el propio gobierno central. Se confirma que la guerra cultural, que estaba ganada, solo pone en riesgo cuando nos presentamos a un campo de batalla en el que no había nadie mas que nuestros delirios.

La libertad de expresión es sagrada y poner funcionarios a quemar libros no tiene nada de liberal. Mas bien habría que garantizar la libertad de la editorial a publicar los libros que quiera, la libertad de expresión del autor, la libertad de cátedra del profesor, la libertad del docente para elegir libro y la libertad de las familias para elegir centro. Se empieza censurando libros y se acaba censurando profesores. Y así no solo se acaba con la libertad, sino que se abre las puertas a que la izquierda haga lo mismo en los colegios y textos, por ejemplo, católicos. Con liberales así no hacen falta comunistas.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 1 de junio de 2022. Disponible haciendo clic aquí).